Yo miraba hacia acá y él miraba hacia allá.
No importaba lo que mirásemos, el truco estaba
en que nuestras miradas no se encontraran.
Cuando uno está enojado, quiere gritar.
Gritarle a la otra persona, me refiero. Pero cuando está cansado de enojarse, simplemente
quiere estar callado. Y la mejor manera de estar callado en compañía es mirando
ambos hacia diferentes lugares.
El problema es cuando el tiempo empieza a pasar
y pesar hasta convertirse en una masa aforma de movimientos lentos y aire denso
que agota las posiciones y ya no sabes para dónde acomodar los brazos o sobre
cuál de las dos piernas descansar el cuerpo.
Entonces no queda otra opción que
mirar, como quien no quiere la cosa, hacia la dirección que antes habías estado
evitando y esperar que, casualmente, sus ojos se encuentren.
Y que ningún Big
Bang reacomode el universo.