Era todo oscuridad y solo se veían, cada tantos metros, un par de destellos de luz itinerantes que me cegaban ocasionalmente. Los que iban delante mío eran rojos. El viento me hacía volar el pelo y me perforaba la nariz con un olor nauseabundo, propio de los campos abiertos en provincia. Menos mal que la radio me hacía compañía, porque sino hubiera pegado el volantazo hacia alguna loma y chau soledad.
I don't have the right name or the right looks, but I have twice the heart.
sábado, 22 de diciembre de 2018
miércoles, 12 de diciembre de 2018
PILAR
Van a ser las dos de la tarde acá en mi país, Argentina. Día miércoles 12 de diciembre del 2018. Estoy sentada en el escritorio de mi casa, manoseando este teclado como tantas otras veces. Mi hermana está esperando para entrar al quirófano, a unas pocas cuadras. Le van a realizar una cesárea. Eso quiere decir que en algunas horas voy a conocer a Pilar, mi primera sobrina.
Agustín, mi primer sobrino y ahijado, es el ser de luz que ilumina mis días y mi vida entera.
Matías, mi segundo sobrino, me acompaña desde y hacia todas partes; lo siento en el viento, en los abrazos, en los silencios, en la música. Matías está conmigo todo el tiempo, me guía y me marca el camino cada vez que empiezo a doblar las rodillas y me quiero tirar a llorar.
Ahora tengo que abrir mi corazón para Pilar. Otra mujer: nada más y nada menos. Creí que no me iba a volver a sentir así, pero la espero con ansias. Por ella tengo que encontrarme a mí misma, reconocerme como mujer, luchar por mi lugar en el mundo.
Gritar con cientos de otras mujeres que #sevaacaer, que no nos callamos más, que se terminó de una vez. Pienso en lo difícil que es la vida para nosotras, que hubiera sido más fácil ser hombre, tener los privilegios del pene.
¿Pienso o pensaba?
Ahora me emociona que Pilar venga a mi vida. Que transitemos juntas este camino de lucha, de resistencia. Que la guíe hasta donde pueda y después ella me diga por dónde seguir; que se defienda, se haga escuchar y tiemble el suelo que pisen sus pies.
Pilar va a ser una guerrera. La primera de la familia. Detrás suyo haremos fila las demás, las que con suerte llegamos hasta acá. Ella va a tener la voz de todas juntas, la sabiduría y la fortaleza. En eso pienso mientras espero que me avisen que salió todo bien.
Estoy emocionada. Aterrada. Impaciente. De lxs niñxs dicen que vienen con un pan debajo del brazo. Mi sobrina va a traer un escudo y una espada.
jueves, 6 de diciembre de 2018
Vivas nos queremos
Hace varios días que me viene dando vueltas por la cabeza este asunto. Años, seguramente, pero eso debería desenterrarlo en otro momento. Voy caminando por la calle y me preparo para salir corriendo si un hombre se toca el pantalón, cerca de la entrepierna, o me mira más de una vez. Apuro el paso cuando siento detrás de mí el motor de una moto o la frenada repentina de un auto. Lamentablemente, les tengo pánico a las camionetas grandes. Me pongo nerviosa cuando es muy temprano o muy tarde, porque circula menos gente y cada uno de esos pocos hombres que me cruzo puede dañarme irreparablemente. A veces meto las manos en los bolsillos y presiono levemente las llaves entre los dedos, hasta clavármelas en las palmas y convencerme de que pueden lastimar; de que usándolas más o menos bien para defenderme podría salir con vida de un ataque. Trabajo y frecuento espacios sociales sin alejarme demasiado de mi casa, siempre a la distancia de un colectivo o un remis (capítulo aparte el terror de viajar en el asiento trasero de un auto ajeno, conducido por un extraño que de vez en cuando decide cambiar el recorrido porque sí). Si es de noche, me acompaña o me busca mi novio, mi hermano, mi amigo, el hombre de turno. Tengo amigas que piensan que exagero: que no es tan grave la cosa, que soy una extremista, una dramática. Que porque me digan un “piropo” en la calle no amerita que me pare a gritar como una loca, que mire con ojos de asesina a cada hombre que se queda analizándome el culo o las tetas. Soy una mina linda. Socialmente linda. Me visto más o menos bien, me cuido el pelo, me maquillo. Uso lápiz labial. Me dicen cosas en la calle o me miran de más desde hace casi veinte años. ¿Te das cuenta del castigo que supone semejante situación? Si sos mujer como yo, seguramente sí. Si sos hombre, quizás no. Incluso aunque te lo imagines, jamás vas a experimentarlo. Yo no quiero que me miren más. No quiero que me digan nada. Desde chica uso ropa suelta para ocultar mis curvas, en un vano intento de pasar desapercibida. Cuando me voy a trabajar en bicicleta bien temprano, me pongo la capucha y me maquillo menos. En el camino siempre algún tipo me dice alguna barbaridad; pero en realidad no me ve. Asume que debo tener una vagina, unas tetas, un culo. Paso a toda velocidad y no le devuelvo la mirada hasta que me habla y me doy vuelta para mandarlo a la reputísima mierda. Recién entonces me mira un poquito de verdad. Y ahí empieza el ninguneo, la misma historia de siempre: que exagero, que por qué no me calmo. Vivo calmada. Vivo encadenada por el terror que siento. Tengo miedo de que me toquen, me violen, me lleven, me torturen, me vendan, me prostituyan, me asesinen, me descuarticen, me desaparezcan. Y millones de sinónimos. A mí nadie tiene que explicarme lo que es el abuso de poder constante por parte de los hombres, lo vengo mamando desde que nací. Sí me reconozco ignorante en muchísimas áreas que tienen que ver con la práctica y la teoría. Pero la sensación de humillación, de injusticia, es visceral. Creo que me falta muchísimo contenido histórico y coraje para ser feminista. Acarreo la bronca y la impotencia, pero todavía carezco de la fuerza para salir a quemar todo. Por eso agradezco la existencia de aquellas mujeres que gritan por mí, que marchan y combaten el patriarcado desde la calle, la casa, el ámbito educativo, desde donde sea. Que no se callan nada. Como en tantas otras cuestiones de la vida, una vez que abrís los ojos cuesta demasiado volver a cerrarlos. Y yo no quiero bajar más la cabeza. Ayer se hizo una marcha nacional en nombre de Lucía Pérez, víctima de femicidio -diga lo que diga el fallo. La drogaron, violaron y empalaron en 2016. La piba tenía dieciséis años, se murió de dolor. Dicen que se lo buscó, que andaba comprando marihuana. Porque si te drogas, usás poca ropa o provocás a un hombre y abusa de vos, te lo buscaste. Los tres acusados por el crimen fueron absueltos, ¿podés creerlo? Justo en el marco del Día Internacional de lucha contra la Violencia hacia las Mujeres, la semana pasada. No hay una palabra que describa lo que se siente, pero dejémoslo en indignante. No soy una mujer politizada, como habrá quedado claro. No tengo el pañuelo verde ni voy a las marchas ni opino demasiado cuando se arma el debate. Pero me solidarizo con mis hermanas mujeres, siento con ellas el dolor, la bronca. Todas somos Lucía. ¡Y tantas otras! De los casos registrados, se deduce un femicidio cada treinta horas aproximadamente. Es una locura. Es una masacre. Nos están matando. Por esto me decidí a escribir, porque sigo buscando mi lugar en el mundo, mi destino como ser humano, mi accionar como mujer. Pero la voz ya la tengo, ya sé lo que quiero decir y cómo. Escribir es un oficio inseparable del compromiso político. Cuando era chica escribía para sobrevivir, para entretenerme, para inventarme una vida mejor. Después seguí escribiendo por costumbre, porque era fácil y suponía un reto. Jamás me había planteado la verdadera importancia de la escritura hasta que me choqué con Rodolfo Walsh. Cada uno tiene sus hitos, el antes y el después. Para mí fue Walsh. Me reconocí en él, en la comodidad de la ficción, en eso de hacer lo que uno hace bien y quedarse en el molde. Al tipo después le pasaron cosas, no empecé a escribir esto para hablar sobre su vida así que lo dejo para otro día; pero la realidad se le impuso, lo cagó a piñas. No le quedó otra que involucrarse y elegir un lado de la vereda donde sentarse a teclear en la máquina de escribir. La escritura debe ser un frente de denuncia, siempre. Podemos irnos por las ramas, divagar, inventar, dedicarnos a la ciencia ficción o la fantasía. Todos necesitamos puntos de fuga. Pero no debemos suprimir el espíritu de resistencia. Hay que dejar evidencia de lo que ocurre a nuestro alrededor, mostrar lo que pasa en el mundo y señalar con puntos y comas las injusticias, los abusos, la impunidad. Hoy hablo de Lucía Pérez, pero hay tantas otras. Mañana puedo ser yo. Por eso escribo: para empezar a pelearla desde donde puedo, hasta salir a gritar por las que vienen detrás, las que se animan menos; las que todavía creen que está bueno que les digan un piropo, que el novio las controle, que el padre las calle porque no saben nada, que el jefe se les insinúe, que el amigo se aproveche cuando se tomó unas cervezas de más. Es muy difícil generar una consciencia cuando uno viene de una crianza establecida por los santos designios del machista. Mi viejo es tremendamente machista. Mi suegro también. Mi hermano trata de separarse de sus raíces, pero a veces no lo logra. Yo misma me encuentro muchas veces juzgando a otras mujeres desde un monóculo machirulo y, más tarde, me avergüenzo. Sé que no es fácil romper el molde. Pero hay que empezar, aunque sea a pequeños pasos. La semana que viene nace mi sobrina: Pilar. Estoy aterrorizada. Se le viene difícil. Por ella necesito sacar fuerzas de donde sea y unirme a la revolución feminista. Por ella y todas las que me rodean, que están asustadas como yo pero siguen cómodas bajo el ala protectora de su hombre. Yo quiero ser libre, quiero cuidarme sola, quiero salir y ser independiente. Muchas personas se quejan de los métodos de la ola feminista: que son quilomberas, que son subversivas, que rompen todo, que pintan las paredes, que andan en tetas, que paran el tránsito. Sí, sí, sí a todo. Las aplaudo. Nos están matando desde el principio de los tiempos, ¿cómo seguir aceptándolo? ¿Cómo oponerse pacíficamente? Sé que la violencia genera más violencia, pero no veo otra forma. Hablando tranquilas no nos va a escuchar nadie. Ya no hay espacio para la conciliación. La habrá cuando dejen de atacarnos. Cuestionan nuestra vestimenta, nuestro lenguaje, nuestras protestas, nuestras acciones. Todo en la vida de una mujer se pone debajo de la lupa para juzgar libremente, opinar, sentenciar. A mí me da miedo salir a la calle, es cierto, pero hay tantos otros espacios en donde me siento minimizada, menospreciada, humillada. En mi trabajo, en los medios de transporte, en mi casa paterna. Cuando me fui de ahí fue porque me cansé de que el final de cada pelea con mi viejo terminara en que yo no podía opinar porque era mujer y era joven. Sé que tremenda pelotudez no es cierta, pero se grabó con fuego en mi alma. Lucho contra todo eso y trato de levantar la frente cuando voy por la calle, pero todavía me siento débil. Por eso admiro a esas mujeres que se pintan la cara de verde, que se cuelgan el pañuelo de donde sea y salen a gritar como indios. Que corean canciones de guerra contra el patriarcado. La revolución será feminista o no será.
martes, 6 de noviembre de 2018
domingo, 2 de septiembre de 2018
Please stand by
Lo confieso y ni siquiera es un secreto: no fui al jardín. Solo hice prescolar, imagino que por algún descuido o desinterés por parte de mis padres con respecto a mi educación. Maravillosos habrán sido esos cuatro años en que no asistí a ninguna institución educativa, porque desde los cinco años en adelante me mantuve encerrada en un aula. Primaria, secundaria, curso de ingreso, universidad. Tengo veintiséis, ¿sabés lo que significa? Que la mayor parte de mis días los pasé escuchando o leyendo cosas que no son de mi interés. ¿Y todo para qué? Para saber, para aprender, para recibirme y tener un título y un buen trabajo, para mandar a los demás en vez de obedecer. Es un discurso repetido, lo sé, lo sé. No estoy descubriendo ni inventando nada. Mas bien estoy justificando mi decisión de dejar en pausa mis estudios. Sé también lo que me vas a decir ahora: "¡Mery, sólo te quedan cuatro materias y te recibís! ¡No es momento de aflojar!" Pero, ¿sabés qué? No aflojé ni siquiera cuando se murió mi sobrino. Fui a rendir una semana y media después de su muerte, con los ojos y la cabeza a punto de explotar y así y todo me saqué un diez. ¿Sabés lo que cuesta vivir así? ¿Sabés todo lo que pierdo a cambio de esos dieces? Así que basta por ahora. Serán las cuatro materias más difíciles y largas de mi vida. Dejé la universidad. Uf, qué feo suena pero qué bien se siente. Después de todo, aun con título voy a seguir siendo camarera, porque no tengo ganas de hacer nada más. ¿Esto es la segunda adolescencia? ¿Es la crisis de los veintitantos? ¿Es el duelo que parece que no llega más? ¿Es cinismo e hipocresía? ¿Es lo que quiero o lo que necesito? ¿Hay alguna diferencia?
martes, 14 de agosto de 2018
So, so you think you can tell
Heaven from hell
Blue skies from pain
Can you tell a green field
From a cold steel rail?
A smile from a veil?
Do you think you can tell?
Did they get you to trade
Your heroes for ghosts?
Hot ashes for trees?
Hot air for a cool breeze?
Cold comfort for change?
Did you exchange
A walk on part in the war
For a lead role in a cage?
How I wish, how I wish you were here
We're just two lost souls
Swimming in a fish bowl
Year after year
Running over the same old ground
And how we found
The same old fears
Wish you were here
Heaven from hell
Blue skies from pain
Can you tell a green field
From a cold steel rail?
A smile from a veil?
Do you think you can tell?
Did they get you to trade
Your heroes for ghosts?
Hot ashes for trees?
Hot air for a cool breeze?
Cold comfort for change?
Did you exchange
A walk on part in the war
For a lead role in a cage?
How I wish, how I wish you were here
We're just two lost souls
Swimming in a fish bowl
Year after year
Running over the same old ground
And how we found
The same old fears
Wish you were here
domingo, 10 de junio de 2018
Best fake smile
Mi vecino de abajo se queja de que hacemos demasiado ruido. Dice que vivimos martillando cosas y caminando con tacos. Es curioso, porque solo uso zapatillas o, en casos especiales, botitas.
En mi trabajo recontrataron a una empleada por tercera vez. Eso quiere decir que en dos ocasiones anteriores la despidieron por varios motivos (podría escribirlos hasta mañana) pero, así y todo, vuelve. Se me retuerce el estómago de la bronca que siento. Vivimos en un mundo donde premian actitudes de mierda y los que nos rompemos el alma para trabajar o vivir bien, pasamos desapercibidos o la pagamos de rebote.
Mi hermana está en cama porque se le hizo un hematoma cerca de la bolsa y aunque todavía no es peligroso para el bebé, es recomendable que haga reposo absoluto. Tanto debate sobre el aborto, tantas mujeres que no quieren ser madres y andan con diez hijos a cuestas... Me da tanta impotencia.
Ah, y tengo parcial la semana que viene. De una materia a la que no asisto hace tres semanas.
Domingo de crisis.
Creo que me voy a ir a dormir.
lunes, 4 de junio de 2018
Franco

Pará. Dejá la escoba, el trapo, todo eso puede esperar. Es tu franco. Trabajás seis días a la semana y hoy tenés que descansar. Ya sabés que la casa está un poco sucia, que la ropa no se lava sola, que la cama no va a aparecer hecha de la nada. Pero pará un poco, por el amor del cielo. Cerrá los ojos, respirá. ¿Sentís? Sabés que te falta mucho para descubrir tu propósito en la vida, que un título de grado no va a definirte y que podés seguir pensando qué querés hacer; si dejar esa carrera que te está chupando la energía vital o dedicarte a escribir y perfeccionarte en eso. Si seguir haciendo arte latte en la cafetería o salir a vender almohadones. Sabés defenderte en la vida, incluso cuando te faltaba todo, tenías lo más importante dentro tuyo: las ganas, el empuje, la altanería que a veces te molesta pero la mayoría de las veces te salva de todo lo demás, porque te da confianza en vos misma, te patea el orgullo y te obliga a levantarte. Vas a ser tía otra vez, por más increíble que parezca. El vacío que dejó Matías en tu vida no se va a llenar jamás; pero vas a ser tía otra vez y no te queda otra que tirar el muro y permitirte enamorarte otra vez de otro bichito de luz. Y tu ahijado está rebelde, caprichoso, a veces te dice "mala" cuando no querés comprarle más caramelos, pero ¿te diste cuenta del amor que les desborda la mirada cuando se ven? ¿Del abrazo que te da cuando lo vas a saludar y te derrite el corazón? ¡Despertate! ¡Esto es la felicidad! Tantas veces leíste, escuchaste, viste películas y quisiste decirles a los personajes que dejaran de quejarse de estupideces, que miraran alrededor y se dieran cuenta de que eran felices. Te despertás todos los días al lado de esa persona que te apoya en todas las decisiones que tomás, incluso cuando vos no estás segura. A veces trae una pizza o helado a la noche cuando llega de trabajar y se sientan a charlar sobre la vida. Siempre se cuentan lo que hicieron durante el día, los problemas del trabajo, en el colectivo o en la calle. Las dudas, las frustraciones, la tristeza. A veces discuten por Fassbender o las cuentas que hay que pagar, pero ¿no ves cuán feliz te hace? ¡Te quejás por tanto! ¡Te quejás por nada!
jueves, 31 de mayo de 2018
Y que el tiempo ponga todo en su lugar
Ahora bien, a cambio de la guitarra recibí una copia de la Constitución Argentina. Es una edición de bolsillo, con las hojas amarillentas y olor a humedad, con un poco de cosa vieja. Fue un gesto hermoso. Se ve que él no es una persona que lea mucho, después de todo me confesó que le gustaban los libros de Albert Espinosa (y no es crítica, de hecho Todo lo que hubiéramos sido tú y yo si no fuéramos tú y yo me gustó muchísimo). Quiero decir que en su casa no debe haber mucha biblioteca. Pero así y todo él quería regalarme algo. Justo estaba estudiando para mi examen de Derecho y Economía de los Medios (mi materia némesis) y me escuchó comentarle a mi compañera que no tenía una Constitución para consultar. Y yo que insistía en que no necesitaba nada en forma de agradecimiento. Mi cara cuando apareció con esa libretita de pocas hojas, toda desencajada y desubicada en el mundo. Si no es una de las primeras ediciones, se acerca mucho. Me sentí tan conmovida que no sé cómo contarlo. Fue maravilloso. Quizás no lea jamás esas páginas (de hecho, es altamente probable que no lo haga), pero cada vez que esté ordenando o, simplemente, me cruce con la pila de libros... La voy a encontrar. Y voy a sonreír, por la ocurrencia de un compañero de trabajo y la amabilidad, bondad, empatía de otro ser humano.
jueves, 17 de mayo de 2018
miércoles, 7 de marzo de 2018
Pienso que
hay un límite, un período de tiempo, por así decirlo, que puede pasar en el que uno todavía puede salvar las distancias con alguien. Es cierto que hay infinidad de motivos para alejarse de otro ser humano, pero so el corazón es demasiado orgulloso, caprichoso o cobarde (cuando no egoísta), esa distancia inicial se vuelve una calle de un solo carril, un viaje de ida, el adiós para siempre. Pasado el tiempo estipulado, solo se vuelve en el recuerdo, ahí donde los sentimientos son atemporales y las cosas están siempre vivas.
domingo, 11 de febrero de 2018
Que Juan hable mal de Pedro habla más de Juan que de Pedro.
Parece un trabalenguas pero me vendría bien recordarlo más seguido. A veces me enojo tanto con las actitudes de los demás, que se me va la boca quejándome y al final la tortilla se me da vuelta en el aire y se me cae en la cara. La metáfora es tan aplicable que casi siento las papas quemándome. En síntesis y sin demasiado detalle: ¡a pensar dos veces antes de hablar, a respirar profundo y a sonreír que para eso se te paga, Dorrego!
martes, 6 de febrero de 2018
¿Y vos?

¿Sos como yo?
¿Vos también empezás a prestar atención a las conversaciones recién cuando la temática se vuelve un posible relato? ¿Material apto para un cuento, al menos?
¿Vos también tenés siempre encima una lapicera y un papel, cuando no una libreta? (o el chupete electrónico de cualquier escritor: la nota rápida del celular)
¿Solés tener monólogos mentales maravillosos y, a veces, diálogos ingeniosos entre tus voces interiores?
¿Cuántas historias insólitas podés pensar antes del desayuno?
lunes, 5 de febrero de 2018
Te la debo, Jerry
Muchas veces me imaginé conversando con personas que admiro y no tengo forma de llegar a ellos. La mayor parte está muerta, de todas formas, así que el asunto va más allá de mis posibilidades reales. Salvo que nos adentremos en un terreno más espiritual y no es la idea (aquí y ahora, al menos).
Cuando era chica pasé por una etapa shakespiriana, leía las obras de teatro una y otra vez, convencida de que jamás encontraría algo mejor que lo que ofrecía Shakespeare (después crecí y me aburrió, siempre la misma historia). Más tarde me obsesioné con músicos, artistas de rock nacional del momento que no sólo cantaban bien (supongamos), sino que además eran atractivos. Cuando salió Twilight (la película, ni siquiera el libro) yo tenía diecisiete años, la edad de Bella Swan; el resto es historia y lo dejo a tu imaginación.
Lo que intento decir, el punto que conecta estos datos anecdóticos, es que de haber podido conocer a alguna de estas personas (o del resto que me niego a recordar o reconocer en este blog, fuera de una conversación privada, cerveza de por medio), no me imagino hablando de otra cosa que sus carreras o inspiraciones; o tips de belleza, si nos atenemos a los vampiros que brillan al sol. Quiero decir que preguntaría por el libro, la canción o la película, o sea, el producto en sí; el proceso de creación quizás.
J. D. Salinger, a usted le daría las gracias a secas.
Si me lo permitiera, también le daría un abrazo (sin cámaras ni micrófonos, lo prometo). Claro que la curiosidad y el morbo me empujarían a querer saber sobre El guardián entre el centeno, la Guerra, la familia Glass o sus métodos de escritura. Pero usted llegó a mi vida cuando estaba más perdida que nunca y me puso en el camino correcto otra vez, me devolvió un amor perdido. Usted fue mi Holden Caufield, esa soga a la cual aferrarme, por más lejana o irreal que fuera.
Yo había dejado de escribir y, peor, de leer. La muerte de mi sobrino le había quitado cualquier tipo de anhelo a mi existencia. Pasé un año sin poder acercarme a la biblioteca o a la computadora (las máquinas de escribir ya quedaron obsoletas, señor Salinger) y de pronto soñé con ese libro suyo, aquel que leyó todo el mundo, lo llevó a usted a la fama internacional y lo obligó a recluirse como si publicar hubiera sido su mayor error. Lo compré y lo devoré, me lo tragué en pocos días, convencida de que quizás al final encontraría las respuestas que estaba buscando.
Pero no. En todo caso se generaron más preguntas, con un nivel de confusión todavía peor.
No hubo más que Holden Caufield y su enojo sin sentido una y otra vez. La historia me gustó, sí, pero no me voló la cabeza (¡qué fea esta expresión tan argentina cuando pienso en Seymour Glass!). Lo que sí logró fue poner en marcha el motor de la mano, que creí oxidado; y el de la vista, que daba por perdido. Señor Salinger, su sueño (o el de Holden, que es lo mismo a esta altura) se hizo realidad: yo iba saltando por un campo de centeno con los ojos cerrados, y cuando estuve demasiado cerca de caer por el precipicio, usted me atrapó. A riesgo de equivocarme, asumo que eso es exactamente lo que busca todo escritor, a pesar de que nos entrenen para creer que la única forma de consagrarse es publicando. Ser reconocido puede ser el camino, sí, pero no siempre la meta.
Ojalá mis cuentos algún día también sirvan para salvar a alguien, aunque sea de sus propios demonios.

martes, 23 de enero de 2018
Franny and Zooey, mi lectura actual
I'm not afraid to compete. It's just the opposite. Don't you see that? I'm afraid I will compete - that's what scares me. That's why I quit the Theatre Department. Just because I'm so horribly conditioned to accept everybody else's values, and just because I like applause and people to rave about me, doesn't make it right. I'm ashamed of it. I'm sick of it. I'm sick of not having the courage to be an absolute nobody. I'm sick of myself and everybody else that wants to make some kind of a splash.
lunes, 22 de enero de 2018
Las cuentas no se pagan solas
Y por supuesto siempre están estos intervalos en que lo más interesante es el sonido de mi respiración. El local se vacía de clientes y de obligaciones: ya no tengo que sonreír (por un rato al menos) y miro sin mirar hacia la calle, pasa algún que otro auto (en domingo ésta calle no está muy transitada), una o dos personas con compras de último momento y mi jefa que quiere que limpie sobre limpio; cuando él está en casa y yo podría estar ahí haciendo nada, pero con él.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)






