Una silueta silenciosa deambula hacia los buzones de Constitución cada año, entregando las copias de una carta en blanco... a excepción de un número, que en cierta forma lo identifica mejor que su propio nombre. En un eterno retorno, camina el hombre muerto las mismas calles de su último día de vida, una y otra vez; de esta forma resisten en la oscuridad los que esperan sin tregua ser encontrados algún día. Lo llaman “el aparecido”, pero lo que dicen de él y por qué murió, ya es otra historia.I don't have the right name or the right looks, but I have twice the heart.
lunes, 25 de marzo de 2019
Aniversario
Una silueta silenciosa deambula hacia los buzones de Constitución cada año, entregando las copias de una carta en blanco... a excepción de un número, que en cierta forma lo identifica mejor que su propio nombre. En un eterno retorno, camina el hombre muerto las mismas calles de su último día de vida, una y otra vez; de esta forma resisten en la oscuridad los que esperan sin tregua ser encontrados algún día. Lo llaman “el aparecido”, pero lo que dicen de él y por qué murió, ya es otra historia.Encuentros y desencuentros
En los últimos días fui a ver/escuchar dos veces a Samanta Schweblin (espérenme un segundito, que siempre tengo que revisar haber escrito bien su nombre).
Me la presentó Dante, mi profe de Escritura. Ya no sé si voy a volver a la universidad, pero sí sé que cada vez que lo mencione, diré "mi profe". Ese profe.
Decía: aprendí (le agarré la mano) a reseñar libros con Schweblin. Por obra del destino (está bien, por Dante) llegó a mis manos antes que nada Pájaros en la boca (2015). Me encantó.
Después leí Distancia de rescate (2014). Una novedad para mí, ese cuentito largo. Nouvelle, como se le llama. Quizás lo que más me gustó en este caso fue el concepto. La distancia de rescate es esa conexión de una madre con su hijx, el espacio que puede haber entre ellxs para evitar una fatalidad. A veces falla.
Seguí con Siete casas vacías (2015). Lo leí con desesperación, a pocos días. Error. No pude saborear esas historias con la misma intensidad. Como cuando tenés tanta hambre que tragás sin masticar y después te quedás pensando si estaba rico o no. Son buenos cuentos, aunque no son mejores que los de Pájaros.
Hace poquito, el año pasado, compré Kentukis (2018). Este lo esperé. Solamente me banqué pasar dos veces por la librería antes de decidirme a entrar. Me acuerdo que no tenía plata y lo saqué con la tarjeta de crédito. Primera novela de Schweblin. La prefiero como cuentista: es más profundo el latigazo. Creo que es más contundente con menos páginas.
Cristian siempre me dice que no tengo que idolatrarla, que es una mina como cualquier otra. Lo sé, carajo. Empecé contando que la conocí hace unos días. Me firmó un libro en un festival en San Isidro, después de una charla sobre sus procesos de escritura y comentarios de algunos libros; también habló de la filmación de Distancia de rescate para Netflix. El viernes pasado leyó "Mis padres y mis hijos" en Dain: Usina Cultural, como parte del Ciclo de Arte "Siga al conejo blanco" (una propuesta bastante interesante, agrego). Fui con Rama.
Schweblin parece una mina simple. No se la ve cómoda hablándole a mucha gente. Comprende, quizás, que es una necesidad si quiere seguir vendiendo sus libros. Tiene el pelo oscuro y lleno de canas. Eso me gustó. Habla sonriendo. Tiene una pose específica para cuando se encienden las cámaras. Frases y anécdotas latiguillo. La facilidad de escabullirse.
Conseguí El núcleo del disturbio (2002) por Mercado Libre. Lo pagué una barbaridad porque ya no se edita. Pero no quise leerlo en PDF. Llámenme materialista. Yo prefiero declararme una romántica: nada se compara con la intimidad de pasar las páginas con los dedos. El libro tiene cosas interesantes; supongo que está bien para una primera publicación. Todavía no tenía el estilo schwebliniano.
No puedo dejar de mencionar Pájaros en la boca y otros cuentos (2018), una avivada de Random House. Lo tengo porque soy una obsesiva. Tiene solamente dos cuentos nuevos, que no aparecen en otros libros. Están más que bien.
Ahora voy a descansar de Samanta Schweblin. Me dijeron que estoy empezando a escribir como ella. ¿Qué sentido tiene emularla? Probablemente la haya incorporado sin querer. Espero, che. Hacíamos el chiste con Alexis: por ahí cuando le di el abrazo antes de que me firmara el libro, le saqué un pedazo de alma o algo. Y ahora ella escribe a través mío. Ese sería un gran cuento.
sábado, 23 de marzo de 2019
El violento oficio de escribir
Escribí muchas veces sobre la necesidad de escribir. Dije, si mal no recuerdo, que uno se desangra sobre el teclado o la hoja, deja salir todo eso que lo oprime y lo convierte en arte. No digo que haya estado equivocada; más bien, puede que me haya quedado corta.
Vengo de una de mis tantas reuniones con Cristian, mi editor. Esa palabra le queda corta igual, tiene más que nada un fin explicativo (en este caso también y, por sobre todo, es mi amigo). Trabajamos doce horas seguidas en dos libros próximos a publicar: el mío y el de otro colega de la zona, Antonio.
Descripción gráfica de la mesa: notebooks, cuadernos, biromes, celulares, termo, mate, pizza, la cámara de Rama, libros, chipá, facturas, yerba, cables.
Participantes de la reunión: Cristian, Antonio, Rama, quien escribe. Virtual y ocasionalmente, Caro.
Sentí mucha conexión con Cristian durante las correcciones, la revisión de los textos, la unificación del criterio para darle forma al estilo de cada escritor (llámense Antonio y Mery). Todo rodeado por el ojo de AC, atento detrás del objetivo de la Nikon.
Estoy agotada mentalmente. Invierto los últimos minutos de lucidez acá.
Cristian me guió durante el proceso de extracción que padecí. Me corté a la mitad y me saqué el jugo. Con su invaluable ayuda. Trabajamos un texto que venía dándome problemas. Ahora que pudimos resolverlo, me pregunto si lo que me trababa era la temática; si era una cuestión relacionada con el querer. Creí que no podía escribirlo. Quizás no quería.
Pequeño resumen: una chica que vuelve de noche sola a su casa sufre la persecución de dos hombres.
Puede parecer trillado. ¿Sabés por qué lo es? Porque pasa todo el tiempo. Me pasa a mí, nos pasa a todas. Acá ni siquiera necesito el lenguaje inclusivo. Cualquier mujer puede comprender la gravedad del asunto, aunque creamos que es natural salir a caminar con miedo a la calle. Todo hombre habrá acompañado alguna vez a una chica a su casa porque era tarde, como si fuera sinónimo de peligro. Lamentablemente, lo es. Podemos desaparecer cualquier día. Sin rastros.
Si querés saber cómo sigue el cuento, a fin de mes se publica mi libro. Puedo decirte dónde comprarlo (que soy bastante pobre, che, necesito vender).
Si no te convence la historia que te cuento, confiá en esto: quedó un pedacito mío en esas líneas. Tuve que romperme y dejar escapar algo que estaba bloqueando porque no sabía cómo manejar. Cristian me guió, como un chamán literario, hasta sentir con mis personajes. Estuve ahí, en los escenarios que imaginé. Me quedé muda, me temblaron las piernas, se me hizo una pelota en el estómago. Aguanté las lágrimas, apreté la mandíbula y dejé fluir la bronca y la frustración por mí, por todas mis hermanas: las que están y las que desaparecieron. Las vivas y las muertas.
Fue durísimo. Terrible. Jodidamente hermoso, como hubiera dicho alguna vez Cristian.
Como a la protagonista de mi cuento, el destino me encerró en un departamento a la noche con dos hombres. La diferencia fue abismal: ella corría un peligro tremendo; yo estaba con dos seres humanos a los que les confío la vida. Siento un amor desmedido hacia ellos y no representan ningún tipo de peligro para mí.
Así y todo pude experimentar la trama del cuento: Cristian representó mis oraciones, se paró frente a una puerta imaginaria y me preguntó cómo seguía la historia. Yo todavía estaba trabada, negada. Me hizo parar, me sacudió, me dijo que ahora era yo la protagonista, me preguntó qué sentía. Cerré los ojos, no quería llorar, liberé la bronca.
Rama también estaba, sosteniéndome la mano a distancia. La puta madre, el corazón.
Creo que pude escribir un buen final. Estábamos los tres de última.
Ahora volví a mi casa y la vida es chata otra vez. Fluyo con el paso de las horas, me digo que necesito descansar pero no puedo bajarme de esta inyección de adrenalina.
Si consigo la fuerza para seguir moviendo los dedos, capaz me ponga a escribir.
Ahora comprendo un poco mejor qué significa esto de ser escritora. Llámese aquella que se rompe y se reconstruye sola. Una y otra vez, como si fuera una pulsión.
viernes, 22 de marzo de 2019
Los misterios de Erre
Escuché, leí, descubrí, parece ser que Erre tenía los ojos verdes. Podría ser un detalle menor en comparación con su legado, con todo lo que me gustaría contarle y preguntarle. El dato me queda dando vueltas por la cabeza, como un mosquito a la noche. No me lo puedo sacar de encima. Imagino su mirada, la forma en que me prestaría atención al acomodarse los anteojos sobre el puente de la nariz. ¿Cómo se habrá sentido reflejarse en unos ojos como los suyos? Solamente hay fotos en blanco y negro. Cuánta tristeza rodea la imposibilidad de conocerlo alguna vez en toda su belleza: las entradas, las arrugas, la voz ronca -quizás, me imagino- por el pucho, los vidrios gastados, la panza incipiente. Y esos ojos verdes, que siempre se me aparecerán oscuros. miércoles, 20 de marzo de 2019
Cadáver exquisito
Mientras esperaban que llegaran las hamburguesas se les cayó con cautela intentaron avanzar sin empeorar el desparramo. Pensaron en lo divertido que les parecía que si seguían dándole a la cerveza se iban a caer de pera y sin tocar tocar el piso. La próxima vez usarían un transporte público o una bicicleta cada uno. La próxima vez mejor guardar la plata para salir a comprar un par de libros que permanecen cerrados, llenos de tierra. El tiempo pasa y nunca sabés qué puede traer adentro la hamburguesa de lentejas, si está más picante de lo normal; tiene gusto a sal o perfume; y uno se acuerda del cuerpo del otro, mañana encima tenían que pasar todo el día sin verse, como si fuera su sombra, su compañía. Quería quedarse a su lado los días duraban menos. Se le pasaban las horas como si fueran minutos... Y era peor durante la noche pensaba en pedirle que se quedara, pero no podía. De todas maneras algo permanecía en la almohada de dos o tres pelos, de la cabeza o de la barba; daba lo mismo porque siempre le quedaban en la remera y al final preferían no quitárselos. Si no te quedás, llevate algo mío. Yo tengo bastante con todas esas cajas que tengo que levantar, correr y embalar todos los días; y encima ella me pide que salga a correr por las mañanas se volvía sobre su espalda y veía que continuaba ahí. Tal vez solo se lo imaginaba enorme, del tamaño de una topadora o algo así, capaz de tirar o construir puentes. Para que no se vaya o para reunirse, en realidad cualquier excusa les servía para cruzarse y seguir buscando en el otro un pedazo de sí mismo o de los dos, mimetizados, temblaban al mismo tiempo, las mismas partes, semejantes a sus ojos, que no por casualidad empezaban a brillar cuando estaban ahí...
lunes, 18 de marzo de 2019
Pubertad
Esclava
Últimamente me decía más seguido que le dolían los pies. Antes lo mencionaba, como mucho, una vez por semana. Pero ahora me lo repetía dos o tres veces por día. En ocasiones llegaba a sentir algo de culpa, pero solamente cuando era de noche y yo también estaba cansada. Me gustaba verla bailar hasta que me pesaban los ojos y, lentamente, bajaba la tapa de la cajita musical.Behind these walls

Soy hermosa cuando estoy quieta. Cuando mi pelo permanece peinado de la forma en que el espejo supo felicitar después de hacerme la planchita. Cuando no hay ni un atisbo de transpiración que pueda remover el maquillaje y revelar mi piel grasosa. Cuando las curvas de mi cuerpo están firmes y no se notan demasiado los gramos de más: la papada, los cachetes, los rollitos de la cadera y la panza, los tobillos y los gemelos regordetes, la carne que sobra de los brazos. Cuando no se ven los pelitos de las piernas o las axilas por movimientos mal calculados. Cuando no se nota que camino torcida porque tengo la columna desviada, y nadie sospecharía que mi andar es encorvado y desequilibrado.
Bastaría con prestar un poco de atención y cualquiera podría darse cuenta de que soy una farsa. De que mi pelo es una mentira, de que los pantalones tiro alto se ocupan de ocultar todo eso que me atormenta. De que uso demasiado maquillaje. De que mi sonrisa cumple la función de despistar. De que no quiero que nadie vea más que lo estrictamente necesario.
The night we met
I had all and then most of you
Some and now none of you
Take me back to the night we met
I don't know what I'm supposed to do
Haunted by the ghost of you
Oh, take me back to the night we met
En cualquier otro mundo
Puede que lo recordara de vez en cuando por culpa de alguna noticia relacionada con su equipo de fútbol, pero no había vuelto a pensar profundamente en él (y en ella juntos en una oración) desde mucho tiempo atrás. Llovía poco, pero de manera constante. Cuando el agua caía de costado, la alcanzaba debajo del paraguas y la mojaba. Menos mal que llegó enseguida a la verdulería. Fue mientras compraba las berenjenas que se dio vuelta para mirar otros cajones y entonces lo vio pasar por la vereda. Tal vez no fuera él pero, ¿cómo saberlo después de tantos años? Iba encapuchado, rápido, con las manos en los bolsillos. La conexión visual duró apenas unos segundos. Puede que él también se hubiera preguntado si era ella. No importan los nombres, todos llevamos grabados ciertos rostros que nos transportan a otras épocas más felices. Se reconocieron lo suficiente como para que el tiempo se detuviera y la lluvia dejara de caer. Habrán parpadeado dos o tres veces, no más que eso. Y luego él siguió caminando y ella pidió un kilo de frutillas, que a él le gustaban tanto, y acá estamos. martes, 5 de marzo de 2019
Hace
muchísimos años perdí un anillo que usaba en el dedo gordo de la mano derecha.
Insólitamente, no puedo recordar de dónde lo había sacado. Me gustaba jugar
obsesivamente a ponerlo, moverlo, sacarlo de lugar. Lo impulsaba con el dedo
medio y el índice hacia arriba y hacia abajo, hasta que me dolía el pulgar. Era
un tic inconsciente pero necesario. Ya no recuerdo tampoco cómo o por dónde lo
perdí; pero a veces todavía me encuentro con que mis dedos lo buscan… Se
remueven incómodos por aquel amor perdido. Desde entonces los pulgares se
convirtieron en tierra desierta para el mundo de los anillos. Hay cosas que son
irremplazables.
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