I don't have the right name or the right looks, but I have twice the heart.

jueves, 8 de octubre de 2020

siempre me estoy yendo

Creo que tengo una especie de techo que alcanzo con la gente, del cual no puedo pasar y una vez que me empieza a rozar la cara me falta el aire. De un punto en adelante, solo queda la decepción. Darlo todo y recibir a cambio las sobras, siempre las sobras. Algo del amor que uno cree merecer y toda esa basura. Es cíclico: amo, amo, amo, no me aman. ¿O no me aman de la forma en que espero? ¿la decepción es con el otro o conmigo misma? para pensar. 




lunes, 5 de octubre de 2020

habitarme


Esta es mi casa, por si me encuentro alguna vez tan sola que sienta un dolor muy incómodo en el estómago; para que puedas imaginarte conmigo, tomándome la mano cariñosamente o sonriéndome desde la mesa, quizás con una taza de café y unas tostadas esperándome. 

Cerrá los ojos, ahí va: hay un perro en el barrio que aúlla todo el tiempo como lo haría una bestia mitológica encerrada, me da mucha tristeza imaginar al minotauro en su laberinto, siempre anhelando una compañía, y nos reconozco iguales a los tres en esa soledad sin retorno. 

Tengo un ventanal muy grande, por el que se ve desde mi sexto piso una de las avenida más importantes de la ciudad y siempre hay movimiento: colectivos, autos, gente, edificios, nubes, humo, los días. Todo pasa a través de esos enormes vidrios. 

Mi casa es pequeña, tal vez un poco más grande que un asteroide. Desde la cama se puede controlar casi todo, con la excepción del pasillo que conduce al baño y a la puerta de salida. Hay formas geométricas por todas partes, que no molestan pero llaman la atención, como columnas y relieves, esquinas y huecos aleatorios. 

Hay una ventana más en la casa, pero es muy chiquita. Pienso que al arquitecto la habrá diseñado como una especie de aeroventila, porque a través de ella ingresa un viento reconfortante cuando hace calor o cuando se me quema algo que estoy cocinando. Tiene un cantero en el que comencé a darle forma a un compost, del que nacieron unos brotes que, según me dicen, podrían ser de zapallo o papa. 

Acá viven muchas plantas, a las que cuido con amor y paciencia. Es una hermosa familia de cactus y suculentas, porque no me siento preparada para adoptar algo que requiera más cuidados. 

Mi cama está llena de peluches de zorros, que cada noche tiro al piso y por la mañana vuelvo a acomodar entre las almohadas. 

La mesa tiene cuatro sillas y son de colores diferentes. Por lo general están colmadas de ropa.

Tengo un vecino que practica con su clarinete casi todos los días desde que empezó la pandemia. Probablemente desde antes, pero no se hizo el silencio necesario para que pudiera escucharlo sino hasta que el mundo quedó en pausa. Las primeras semanas practicaba una y otra vez el himno nacional y me hacía sentir dos cosas totalmente opuestas: me remitía a la época escolar y me despertaba un falso nacionalismo, totalmente impuesto por la estructura educativa, a la vez que me generaba mucho desprecio por la hipocresía de la sociedad en sí, que salía a las 9pm en punto a aplaudir al sistema de salud que enfrentaba al virus en los hospitales. 

Hay fotos pegadas por todas partes, es una clase muy particular de obsesión por viajar al pasado y traer al presente la felicidad inmortalizada en papel. A veces siento culpa de ciertas ausencias, otras veces quisiera arrancar algunos rostros para siempre. 

El portero es una persona extremadamente amable, aunque a veces debe sentirse un poco como el perro que aúlla, porque trata de conversar lo más que puede por los pasillos, hasta que su voz se pierde en el eco. 

Hay cientos de detalles más puntuales, pero esos son solo míos, con lo que acabo de regalarte alcanza para que me imagines viendo 43 atardeceres o busques en tus dedos la suavidad de mi acolchado nuevo, que compré en oferta la semana pasada. 

jueves, 1 de octubre de 2020

Estoy en ese momento tremendo en que todo se pone en cuestión y cada comentario es una trompada en la cara. ¿Susceptibilidad? Creo que ese sería mi súper poder en una tragicomedia. 

Cuando era más chica me dijeron que a mi mamá le faltaba serotonina y por eso necesitaba tanta medicación. Es muy probable que nos parezcamos en más cosas de las que creía. Como cuando descubrimos que a las dos nos gusta la costura, los libros y el té, a pesar de no haber crecido juntas.

Hoy terminé de ver The Haunting of Hill House y me gustó mucho el final. Lloré un poco. Es muy interesante la trama, más allá del terror en sí, por los traumas de la infancia, las frustraciones, todo eso que uno arrastra sin darse cuenta o tratando de sacudirse otras cosas de encima. No sirve de nada tapar el sol con las manos, igual te va a empezar a quemar. Hay que hacerle frente a lo que nos sucede, para bien o para mal. 

No sé bien qué pasa. A veces estoy bien, a veces estoy mal. ¿No se le puede escapar a la programación del cuerpo? ¿del destino? ¿Se me van a atrofiar inevitablemente las manos, hasta que no pueda sostener una birome ni presionar estas teclas? ¿Tendré que recurrir a las drogas más temprano que tarde? ¿Será por eso que siento tal rechazo a la idea de que alguien consuma cerca mío? 

No tengo una propuesta interesante que hacerme a mí misma. Ando en línea recta, evito la muchedumbre todo lo que puedo, me rehúso a doblar toda la ropa que sigue desparramada por el departamento. 

¿Qué me mueve? ¿Qué me espera? ¿Qué dejé de buscar? ¿Qué hago?