Hacía un calor de puta madre. Los chicos
estaban tirados chiqui chiqui con el celular, justo debajo del aire
acondicionado. Raúl dormía la siesta y yo iba y venía de la puerta al espejo
para ver cuánto me transpiraba la cara en ese trayecto. Todavía podía cancelar
a las chicas. Después del matrimonio y los hijos, cuesta horrores encontrar el
momento para juntarse, pero no quería perder la oportunidad de mostrarles las
fotos en San Bernardo del mes pasado y de la planta que por fin había
florecido.
Me puse los Ray-Ban de la nena y salí a la
calle. Igual a las pocas cuadras me los saqué porque me empapaban la nariz y
seguro parecía que me hacía la pendeja. En la cafetería que eligió Susana no
andaba muy bien la refrigeración y la pastelería se había esparcido por las
bandejas exhibidoras de las heladeras. Puse cara de pena, pero lo disfruté. La
vez anterior había elegido yo el lugar para la reunión y en el plato de Sandra
había venido una babosita intrusa. No me lo dejaron olvidar durante días.
“Estos cafetes que elegís” me había susurrado Susana cuando Sandra se fue a discutir
con la camarera aquella vez.
Ahora sabía que tenía una pequeña chance
de ser quien se quejara por lo bajo y hubiera reunido el mayor número de
aciertos semanales. La carta de las vacaciones no me la aguanté y la tiré antes
de hacer el pedido. Para cuando nos trajeron el té y los tostados, ya casi no
participaba de la conversación. Me dediqué a jugar con las migas quemadas
alrededor del plato, mientras escuchaba sobre las clases de canto de la nena de
Sandra y qué sé yo qué más de sus otros hijos, todos lindos y exitosos.
“¿Se te murió esa planta rara que tenías,
al final?” me preguntó Susana para cambiar de tema, ella que no tenía hijos y
amaba la jardinería.
“Seguro que la ahogó con tanta agua que le
pone” se rió Sandra.
“Mucha agua tiene este té” les dije.
“Para tomar La Virginia me quedaba en casa. Ahí por lo menos estaba fresquito.”
Y miré la capa de gotitas de transpiración que se había formado en la frente de
Sandra.
“Bueno, y ¿qué tal?” preguntó Susana otra
vez.
“No se murió nada” me defendí. “Miren.”
Saqué enseguida el celular del bolso, para
aprovechar la repentina atención. Lo desbloqueé como me habían enseñado los
chicos: apoyando el dedo gordo en la pantalla. Busqué la mejor foto. “Ven qué
hermosas flores que dio” sonreí con el orgullo de una madre.
“No sé si son flores” dijo Sandra.
“Eso parece una planta de bichos” señaló
Susana con el dedo y después le pegó a la mesa varias veces, aguantando la
risa. “Yo que vos le doy con la escoba para ver si salen volando o corriendo.
Así vas a saber qué insecticida comprar.”
“Tiene las hojas raras” dije pasando las
fotos. “Pero es hermosa por eso mismo.”
Con los dedos temblando por los nervios,
se me trabó el celular y mostré sin querer una imagen de Raúl en la pileta,
donde se le veía la panza del asado de los domingos y el pecho peludo.
“¿Esa foto de Raúl es actual?” quiso
saber Susana.
Creo que Sandra también dijo algo de Raúl
o de los chicos, pero dejé de escuchar a medida que me caía la transpiración
por la espalda, justo hasta la bombacha. Me removí para acomodarme y me pasé
una servilleta por la cintura, lo que me faltaba era andar con el pantalón
mojado.
El resto de la merienda me lo pasé mirando
a las camareras ir de mesa en mesa, pidiendo disculpas por el calor y por el
estado de las tortas. Las miré con horror cada vez que me imaginaba que se
acercaban y Sandra o Susana les decían que deberían hacernos un descuento por
las malas condiciones del lugar. Más tarde, cuando llegué a casa, fui directo
al patio y en el camino agarré la escoba.