- Oh, cariño... -me dijo- Tú no podrías hacerme sentir mal con tus palabras ni aunque tu vida fuera en ello. Eres demasiado dulce como para herir a nadie.
Y aunque yo sabía que aquella era una gran cualidad de mi personalidad, no pude evitar sentir que su comentario tenía connotaciones negativas. Él no estaba diciéndome que era una buena persona ni que me admiraba. A sus ojos yo era una mujer débil y voluble que se reía demasiado de todo lo que decían los demás. En la vida real había que ser como él, más sarcástico y venenoso.
- No, supongo que tienes razón -le respondí y sonreí, con esa expresión sumisa de torcer la boca hacia un costado y bajar la vista.
Después de todo era una buena táctica. Él me devolvió la sonrisa, totalmente seguro de sí mismo y de su control. Era la mejor forma de asegurarme de que no estuviera preparado para lo que se le venía encima.