Me quedo cuando tengo que seguir viaje.
Me detengo cuando mis pies quieren correr.
Me pospongo.
Elijo complacer, antes que disfrutarme.
Me desarmo con tal de parchar agujeros ajenos.
Postergo lo inevitable.
Y, después, el final.
En algún punto comprendí que la música de mi corazón la interpreto con los dedos pero sobre una hoja o una pantalla. Claro que la musicalidad corre a través de mí, sobre mí, hacia todas partes.
Quise celebrarme.
Necesitaba hacerlo.
Otra vez termino el año lista para arrancar el próximo en caída libre, sin saber si el paracaídas funciona o no.
¿Seré adicta a la adrenalina y me lo vengo negando?
Igual siempre caigo parada.
Check list: ya me corté el pelo, ya me compré ropa, ya me deshice de todo eso que no uso.
Otro ciclo que se cierra. Otra muerte. Yo y mis muertes, siempre tan cíclica. Y después me lleno la boca diciendo que me aburre Borges. Qué sé yo.
Recuerdo la calma. No me pareció prioritorio en ese momento. No es que no me importara, sino que creí que sería una eventualidad, un paso efímero por ese estado alarmante. Después todo sucedió demasiado rápido: catastrófica y horrorosamente rápido. No llegué a comprender cómo lo pasé por alto. Igual no había nada que hacer por mi parte. Llorar con antelación, quizás. Siento culpa todo el tiempo, culpa de no haber ido más temprano, de no haber faltado al trabajo, de ser feliz algunos días, de reírme y de vivir. Muchas veces lloro, empiezo sin darme cuenta hasta que la catarata se derborda. Ahora empecé por llorar, todo me recuerda esa época en que sentía calma y ya no sé lo que es. Me preparo para salir corriendo antes de que sea necesario, aprieto las manos, me sueno los dedos, hoy estoy. No quiero pensar en esto pero es imposible evitar la comparación. Los días, la brisa suave, el calor del solcito. Estamos todxs contectadxs. Para siempre, en un ir y venir del tiempo y de la calma...