Tenemos un código con mi compañera de trabajo mediante el cual comprendemos al instante que estamos en presencia de un cliente indeseado por algún motivo y se sobreentiende que la otra tiene que hacerse cargo de la mesa. Comenzó con personas que considerábamos desagradables debido a hechos pasados pero, con el correr de los días, empezamos a utilizar el código en momentos en que no tenemos ganas de atender a alguien por los motivos más diversos. Casi desde la apertura del bar hay dos hermanos que vienen seguido a almorzar, algunas veces en compañía de su padre. Siempre comen ensaladas o quichés y toman coca light o agua con gas. El padre toma sprite zero. Otro dato curioso es que a ninguno de los tres les gusta el tomate, entonces cuando piden ensaladas o algún menú del día nunca les falta decir: "Acordate de sacarle el tomate" y mi compañera o yo nos reímos, porque aunque nos acordamos de escribirlo en la comanda, de cocina los platos suelen salir con los tomates y nos damos cuenta cuando ya estamos llegando a la mesa, por lo cual tenemos que volver corriendo y pedir que se los saquen. Es casi una costumbre que las cosas se den de esta forma. Y más tarde, cuando "los amigos" (así los llamamos) se toman el café, nos comentan la situación y nos reímos. Los amigos nos caen bien, al menos ahora. Al principio nos resultaba molesto que vinieran tan seguido, pero finalmente les tomamos aprecio. No sé sus nombres, ni de dónde son, pero sé que no les gusta el tomate y eso constituye para mí una especie de cercanía. Aún así hay días en que los vemos entrar y mi compañera o yo nos apresuramos a gritar "¡LIMÓN!" para que la otra no tenga otra opción que acercarse a la mesa y tomarles el pedido que, por otra parte, siempre suele ser el mismo. Pero ahora las cosas cambiaron para siempre, porque nos comentó un vecino de la cuadra que el padre del trío se murió. No sé qué le pasó y, para ser francos, casi no importa. La cuestión es que ya no lo vamos a ver entrar por la puerta del bar, ya no se va a sentar con su cara de pocos amigos a comer un quiché sin ensalada o, por lo menos, sin tomate. Ya no se va a quejar de que la comida está fría ni vamos a verlo reírse con sus dos hijos mientras nos dicen que la bebida está caliente y si les podemos traer unos hielos. Me siento mal por ellos y no hay nada que pueda hacer. La próxima vez que vengan, porque eventualmente van a tener que retomar la rutina, ¿se supone que tengo que decirles algo? ¿Debería decirles cuánto lo siento? ¿Sirve de algo?
I don't have the right name or the right looks, but I have twice the heart.
jueves, 27 de abril de 2017
miércoles, 26 de abril de 2017
Ese otro
Por lo general tengo pocas expectativas con respecto a las personas. Creo que es mejor llevarse una sorpresa que desilusionarse. Tengo este profesor al que jamás le hago caso, si pregunta cosas miro para otro lado y jamás lo tomo en serio. La semana pasada, sin ir más lejos, cuando me lo mencionaron me enojé y señalé que mi respeto por él es completamente nulo. Esta tarde, sin embargo, en un contexto estrictamente académico se generó una especie de pausa sentimental en la que lo vi de verdad. Ni siquiera sé su nombre y es probable que para la semana que viene mis viejos prejuicios vuelvan al pie del cañón, pero por hoy volví a mi casa con otra apreciación. Compartimos una que otra mirada de comprensión que me llenó el alma, entendió a la perfección lo que yo quería decir y lo puso en palabras que a mí se me atragantaban. Y cuando lloré, ese pequeño lapso de tiempo en que bajé la guardia y se me llenaron los ojos de dolor, él apretó los labios y me miró, pero sin lástima. Hablamos de la muerte y de muchas cosas, pero en ningún momento sentí compasión por su parte. No tuvo delicadeza innecesaria. No adornó las palabras ni apañó el sufrimiento, simplemente dijo las cosas como son, como deben ser. Y se lo agradezco de corazón.
miércoles, 19 de abril de 2017
Me volví esta especie de fantasma que sólo habla de pérdidas. Seguramente la Mery de los últimos meses debe ser muy aburrida como compañera de conversaciones. Sólo quiero sentir y hablar del dolor. Cada vez que se me olvida o me siento menos desdichada, agacho la cabeza y me miro los pies... O peor, levanto la mirada hacia el cielo, como si ahí hubiera una respuesta verdadera. Como si hubiera algo esperando por mí para hacerme sentir mejor. Mi vida se redujo a pensar en la muerte y en su injusticia. Ya no disfruto nada por completo. Vuelvo a lo mismo, una y otra vez. No puedo aceptarlo y me está volviendo loca. Sólo me siento bien en la miseria de ésta tristeza incomparable. Dije que no iba a hablar más sobre esto y acá estoy, dando lástima frente a la computadora. Todas las canciones me hablan de lo mismo, todos los libros me aburren. La trama de ésta tragedia consumió toda mi capacidad de atención y cualquier cosa que se escape del guión me resulta ajena, incluyendo a las personas. ¡Dios mío (y es sólo una forma de decir), sobre todo las personas! Me veo incapaz de conectar con nadie que no haya estado conmigo en ese momento tan difícil. Sonrío y pregunto cómo va todo y no-me-interesa. No quiero saber cómo va tu vida. No necesito escuchar sobre tu trabajo, tu vida amorosa o las travesuras de tu perro. Lo único que existe para mí es el vacío que dejó Matías y el cachetazo metafórico que me dio en la cara su partida. Pero tampoco quiero que me hables sobre eso, vos que no lo conociste ni perdiste a nadie jamás y no podés llegar a entender lo que siento. No quiero tu lástima, ni tus frases positivas sobre la vida. No quiero que su muerte te recuerde la de otros niños, ni tu vecino ese que era tan sano y se murió de la nada, ni tu familiar que apenas conocías pero igual tuvo una muerte sorpresiva y pensás que necesito escuchar sobre sus últimos días o el deterioro de su salud. Por más que se muera el mundo entero, sigue siendo diferente. Es el mismo tipo de indiferencia que siento yo cuando me hablan sobre las desdichas ajenas. Sinceramente, ¿qué más puedo hacer que decir "no te lo puedo creer", "qué mal", etc.? Termina la charla y ya me olvidé, digamos la verdad. A nadie le importa nada más que lo que le afecta directamente. Y Matías es parte de mi alma, es sólo mío y de aquellos que lo amamos, vos no tenés imperio en las tierras del luto perpetuo. Así que dejá de intentar que te cuente cómo estoy o que te trate como antes, ya no soy la misma y ya no me interesa fingir que quiero saber sobre vos. Me cansé del contacto humano intrascendente y contraproducente. No te voy a mentir, es un camino solitario y suelo encontrarme viendo demasiadas series o escribiendo más de la cuenta (cuando no durmiendo más de lo que debería). Pero es lo que yo elijo y mi voluntad es determinante. Lamentablemente tu opinión no vale un carajo.
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