Nadie sabe cómo vivo,
nadie sabe mi papel.
Mientras pinto las paredes de color amanecer,
todo marcha bien.
Me hablaba de Cortázar constantemente. Y yo me preguntaba por qué mis amores imposibles me conducían al querido Julio una y otra vez. Quizás el destino quería llevarme a la compañía de sus palabras para cuando el mundo estallara y me quedara, por fin, sola. Sola con los párrafos y los capítulos que me esperaban...
Como siempre, el conocimiento enriquecía pero también pesaba. Quisiera decir que maldecía el día en que había decidido preguntarle qué sentía por mí -catalizador final de mi propia epifanía-, pero en verdad no lo hacía. ¿No era mejor dejar las cosas claras? Muchas veces nos habíamos dicho "te amo", pero siempre entre frases amistosas o disfrazado entre bromas. Como si decir "uf, sos tan gracioso, te amo" no tuviera significado. Pero ahora era diferente. Ésta vez me lo había dicho sin risas ni preámbulos. Sin un contexto que lo desestimara. Y yo no lo podía digerir, ni asimilar. ¿Debía responderle? ¿Decirle que sentía lo mismo? ¿O era egoísta amarrarlo a mí de esa forma? ¡Más egoísta que amándolo! Todavía recordaba la tarde en que me temblaba el cuerpo casi imperceptiblemente porque sabía que me iba a besar. Cinco años después no me había olvidado de la sensación.
Termina una etapa o empieza o una nueva o un poco de ambas. Qué pasará, quién lo sabe. Y al que sepa que se lo guarde, no quiero saber. Iba a llamar a mis amigas para que me ayudaran, pero preferí hacerlo sola. Empacar. Revolver la habitación, dejar todo patas arriba y meterlo en cajas que me robé de los negocios... para transportarlas a un lugar nuevo y volver a desperdigar todo en un orden más o menos coherente. Bienvenidos a la era de la mudanza. Hoy es mi última noche en ésta habitación como la conocí durante toda mi vida. Bueno, salvo esa época oscura de mi niñez en que viví en el pasillo, jeje. Adiós, paredes rosadas y verdes. Adiós, ventana sucia. Adiós, estrellas en el techo y pósters de bandas y series. Adiós, privacidad. Las primeras dos horas de hacer las valijas constó de Mery sentada en el suelo ordenando libros. Me di cuenta de que mañana cuando tenga que transportarlos, voy a estar realmente nerviosa. ¿Y si no se adaptan al nuevo ambiente? ¿Y si se marchitan? ¿Y si los párrafos empiezan a secarse y las letras se mueren? ¿Y si soy yo la que no puede escribir en otro lado? Mi computadora sigue enchufada y estoy sumergida en el caos más grande desde la última vez que pinté y mi papá me obligó a darme un baño porque era una masa de mugre y pintura y la casa era un desastre. Pero ahora es diferente, ahora me voy. Quién lo hubiera dicho. Pero ya era hora, ¿no? Tengo veinticinco años. No sé por qué uno está programado para decir eso como si fuera un argumento. ¿Qué tiene que ver la edad? Pero supongo que igual tenía que irme. Ya no me da más la cabeza para estar acá. ¿Dije, además, que voy a vivir con un hombre? Que Dios me salve. Pero, por sobre todo, que lo salve a él.
Lo más loco es que cuando me fui de mi casa esta mañana, el reloj marcaba la misma hora que veo ahora que volví a entrar. ¿Será "loco" la palabra que defina mejor el sentimiento que me asalta? ¿Será que perdí otro día de mi vida parada en esa maldita recepción mirando la lluvia, las mesas vacías, los clientes que se toman un cafecito y charlan sobre vaya-uno-a-saber-qué, las miradas cómplices de la anfitriona y el runner, las risas de los cocineros y el pino lemon de la maceta que cada día se marchita un poco más? ¿O será que las horas se me hicieron eternas porque mi cuerpo vestía la calza negra y la camisa blanca, ahí parado, inútilmente... mientras mi mente se tomaba el colectivo? "Cuatro pesos, por favor". Y a viajar una hora y media. O más. Hoy llovió toda la tarde, así que probablemente más. Pero, ¡qué va! si a eso de las seis salió el sol.