Estamos en pleno invierno pero hoy amanecí con la sábana apenas tapándome las piernas, un poco transpirada por el calor de tu cuerpo junto al mío (alrededor, sobre, debajo, y demás preposiciones).
Hizo una máxima de veintiún grados, nos fuimos en bicicleta hasta Bella Vista y vos pedaleabas rápido mientras yo iba maravillándome con las casas. Son barrios desolados, pero con una belleza muy específica, como suspendida en el tiempo.
Me comentaste a los gritos, porque ibas muy adelante, que te gustaría vivir por ahí. Yo te pregunté, quedándome sin aire, qué en dónde pensabas comprar los cigarrillos cuando te agarra el ataque de fumar a la madrugada y no tenés ninguno.
Te pareció exagerado que la elección de un hogar dependiera de la cercanía con un kiosco y como el ruido del tráfico me molestaba, preferí no explicarme más.
El día transcurrió sin pena ni gloria, solamente me tomé una botella de agua durante el lento transcurrir de la tarde y me parece una especie de victoria. Me gustó que me felicitaras cuando te lo conté por la ventana de la cafetería, a eso de las seis.
Ahora llegué a casa y sigue haciendo calor, sobre todo porque alguien dejó abierta la puerta del ascensor en alguna parte y aunque apreté obsesivamente el botón, nunca llegó y tuve que subir los seis pisos por escalera.
No hubiera sido tan grave si hubieras estado esperándome en el departamento. Igual fue la gloria cuando por fin me paré enfrente de mi alfombra de zorros y comprendí que estaba a una llave de sacarme el jean y el corpiño. Mi segunda victoria del día.