Y todo comenzó con un whats app, como tantas otras historias de la última década. Ahogada en mi miseria, ni siquiera tuve el coraje de escribir algo más que su nombre. "Matías". Fue lo máximo que pude tipear y lo envié. No sé qué respuesta esperaba. Quizás simplemente me alivia saber que existe un Matías en el mundo que quiero y me quiere y está vivo. La desesperación suele llevarme a sacar conclusiones ilógicas. Fueron las horas más largas de mi vida. Si me hubiera respondido dentro de un rango de diez, quince minutos, probablemente le hubiera dicho que necesitaba verlo (cierto) y hablar con él (cierto) porque hay cosas que sé que sólo él podría comprender por completo (cierto). Todavía ni siquiera sabe todo lo que pasó, porque hace casi dos años que no hablamos. Sin embargo su respuesta llegó horas después, supongo que estaba trabajando, y le dije que lo peor de mi tormenta había pasado y que ya no necesitaba hablar con él (falso) ni verlo (falso). Insistió, de todas maneras, en que nos encontráramos. Pero le dije que no. No quiero retomar nuestra relación, como dije en otras ocasiones me basta con saber que está vivo y, tal vez, feliz. Y aún así necesito tanto ese abrazo que no llega.
I don't have the right name or the right looks, but I have twice the heart.
viernes, 29 de septiembre de 2017
jueves, 28 de septiembre de 2017
miércoles, 27 de septiembre de 2017
Hablando no se entiende la gente
Fui a comprar un kilo y medio de ricota para unos canelones a la fiambrería. Claudia, la chica que atiende (y lleva algunas décadas en el planeta tierra, por lo cual debe ser conocedora de las normas sociales, del luto, de los caminos pedregosos que llevan al mundo de la confianza...), me dijo después de saludarme que se había enterado de la muerte de mi sobrino. En noviembre se va a cumplir un año ya. Y así con los ojos llorosos (resiento las lágrimas ajenas por hechos privados) y mientras pesaba la ricota, me dio el pésame y me preguntó cómo había sido y cómo estábamos. Sonreí. ¿Hubiera sido mejor si me ponía a llorar con ella? ¿Íbamos a abrazarnos sobre la heladera de los quesos? "Hay días que cuesta mucho", le respondí. Pero ya ni siquiera intenté cambiar el tema. Claudia quería hablar de la muerte de un niño. Lo confirmé cuando me contó que su sobrino estaba internado esperando un trasplante. No tuvo que decirlo en voz alta, su mirada se llenó de miedo ante la posibilidad de perderlo. No se lo deseo a ella ni a nadie. Y tampoco le deseo que, de estar en mi situación, venga un vecino a preguntarle cómo pasó y qué siente. Se siente horrible. Y no hay palabras, mucho menos cuando el que pregunta es un desubicado.
viernes, 22 de septiembre de 2017
she lives in a world inside a world
Francisco sigue viniendo casi todos los días a la cafetería a almorzar y siempre charlamos entre corridas. Las corridas son mías, bandeja de por medio, él se dedica a leer el diario y tararear las canciones. De vez en cuando me recomienda que lea algún artículo y yo le digo, con sinceridad, que no creo que vaya a leerlo. Pero igual él me cuenta de qué trata. Ayer escuchamos "Proud Mary", de Creedence, porque dice que se la recuerdo. Hoy pusimos "Angie", de los Rolling Stones, porque le gusta pero no me quiso decir la razón específica. Incluso se le llenaron los ojos de lágrimas y me dijo que gracias a este tipo de artistas es que el mundo todavía no se mató. Francisco usó palabras más elegantes, pero me quiso decir que el hombre no puede destruirlo todo por completo mientras exista este tipo de música, que es "alimento para el alma" (ahora sí lo cito). Creo que Francisco es un hombre muy solo, que viene a visitarnos para charlar con alguien. La comida ni siquiera es tan buena, mucho menos los precios. Disfruta de esos pequeños momentos en que podemos conversar sobre el clima o sobre el alma. Con él se puede hablar de todo. Atando cabos, creo que le gusta "Angie" porque le recuerda a ese su gran amor de quien a veces dice poco, que le dio los mejores momentos de su vida pero por algún motivo se separaron. También sé que puede haber tenido una hija, pero no sabe dónde está (quizás ni siquiera sabe si existe efectivamente). Ya no recuerdo cómo salió el tema, pero algo así entendí. Quisiera saber más, pero cómo podría preguntárselo sin que él mismo quiera contármelo. Y cuando parece que soy yo la que quiere saber más de él, lo escucho conversando con mi compañera sobre mí. "Sos una persona muy sabia", le dijo, porque estaban hablando sobre aprender a bailar tango y ella le decía que siempre hay que hacer lo que uno siente. Entonces mi compañera me señaló y dijo "¿Y Mery entonces?", probablemente con ironía. "Ella vive en un mundo dentro de otro mundo", le respondió mientras me sonreía. Pero no pude seguir escuchando porque me llamaron de una mesa.
jueves, 21 de septiembre de 2017
miércoles, 20 de septiembre de 2017
You just can't let shit go
Some Girls (2013) es una película sobre un hombre que está a punto de casarse y decide recorrer un par de estados para encontrarse con algunas de sus ex, para arreglar, por así decirlo, cuestiones inconclusas o enmendar errores (a través de conversaciones incómodas, algún que otro beso e información bastante limitada sobre los hechos reales) antes de dar el sí y despedirse para siempre de todas esas mujeres. Me gustó mucho porque a pesar de que no se sabe demasiado sobre el protagonista (ni siquiera su nombre), puede llegar a verse más o menos lo complicado de su personalidad, lo cobarde que es (todos lo somos de vez en cuando) y la dificultad que representa intentar conectar con alguien. Me refiero a crear un vínculo, sostenerlo, estar ahí, quedarse. Me pasa todo el tiempo. Yo misma huí de muchas personas, de situaciones hermosas, de lo que quería de verdad pero no pude manejarlo.
Cuando uno crece recuerda determinadas relaciones o guarda, de alguna forma, momentos específicos con alguna persona que se convierte en un hito. Siempre me voy a acordar de mi primer novio, por ejemplo, de su boca, sus dientes, la forma en que se reía, lo que me hizo sentir. Y cuando hablo de él lo llamo "mi primer amor". Pero antes sentí otras cosas, y ni hablar después. Es sólo que los años siguen pasando y uno no puede pensar en todo a la vez, no puede guardar todos los momentos ni a todas las personas. "Te acordás cuando salías con...?", nos decimos siempre entre amigas, en un sinfín de risas. Y uno se avergüenza de algún infeliz con el que salió, pero por algo sucedió. Por algo lo conociste, lo besaste, le guiñaste el ojo, te pusiste celosa. Hubo algo que te gustó, algo que te hizo feliz aunque fuera durante unos minutos. Mi novio de la secundaria, por ejemplo, siempre me hablaba de superman y a mí me divertía. También besaba increíblemente bien y me gustaba muchísimo estar con él. Sin embargo casi nunca lo recuerdo ni lo nombro. ¿Pierde importancia en mi historia? ¿No forma parte, acaso, de lo que fui y soy? Quiero creer que sí.
Ojalá pudiera hacer un recorrido por mi vida "amorosa", por llamarla así (muy pocas veces se trató de amor verdadero), y volver a ver a tantos hombres que pasaron por mi vida, hablar sobre lo que sucedió (o no), recordar juntos lo que se sentía tocarnos, la emoción, el deseo, el desconocimiento, la juventud, la necesidad, el apuro.
Y luego volver a despedirnos. O simplemente salir corriendo.
domingo, 17 de septiembre de 2017
Your James Dean glossy eyes
Y los mundos no explotaron, el universo no se reacomodó, los ríos no se abrieron, no llovió arena.
No pasó nada.
Todo sigue igual, incluso casi mejor.
Lo vi, me vio, nos vimos. Hablamos, nos abrazamos, nos pusimos al día.
No creo que vuelva a verlo, ahora sí. Ahora está bien porque se pusieron todas las cartas sobre la mesa.
No sentí nada más que un profundo cariño.
No se me removieron las entrañas ni me saltó el corazón. Ya no es nada más (¡todo eso!) que un hermoso recuerdo, un sinfín de aventuras y risas y complicidad.
No lo amo más. No en un sentido romántico, quiero decir. Verlo me ayudó a confirmarlo y a pinchar de una vez por todas ese globo de nostalgia que elevaba cada tanto mi cabeza hacia la suya. Creo que a él también le sirvió verme, después de todo se va a casar.
Qué más puede pedir que cerrar de una vez por todas la etapa que me incluye para empezar su matrimonio de cero, sin Merys revoloteando o cosas inconclusas.
Hasta ahora, me perseguía esa sensación de que él podría haber sido el amor de mi vida, mi compañero ideal, el príncipe de mis sueños... y yo lo había dejado escapar.
Pero eso se acabó.
Y lo digo sin una gota de rencor o ironía. Lo digo con todo el amor, respeto y alegría que puedo reunir el día de hoy hacia él y hacia lo que fuimos.
Le deseo una vida llena de felicidad.
Y a mí también.
No pasó nada.
Todo sigue igual, incluso casi mejor.
Lo vi, me vio, nos vimos. Hablamos, nos abrazamos, nos pusimos al día.
No creo que vuelva a verlo, ahora sí. Ahora está bien porque se pusieron todas las cartas sobre la mesa.
No sentí nada más que un profundo cariño.
No se me removieron las entrañas ni me saltó el corazón. Ya no es nada más (¡todo eso!) que un hermoso recuerdo, un sinfín de aventuras y risas y complicidad.
No lo amo más. No en un sentido romántico, quiero decir. Verlo me ayudó a confirmarlo y a pinchar de una vez por todas ese globo de nostalgia que elevaba cada tanto mi cabeza hacia la suya. Creo que a él también le sirvió verme, después de todo se va a casar.
Qué más puede pedir que cerrar de una vez por todas la etapa que me incluye para empezar su matrimonio de cero, sin Merys revoloteando o cosas inconclusas.
Hasta ahora, me perseguía esa sensación de que él podría haber sido el amor de mi vida, mi compañero ideal, el príncipe de mis sueños... y yo lo había dejado escapar.
Pero eso se acabó.
Y lo digo sin una gota de rencor o ironía. Lo digo con todo el amor, respeto y alegría que puedo reunir el día de hoy hacia él y hacia lo que fuimos.
Le deseo una vida llena de felicidad.
Y a mí también.
jueves, 7 de septiembre de 2017
Can't get no love without sacrifice
Acabo de terminar de ver The Vampire Diaries. Ocho temporadas después llegué al final. Tengo sensaciones encontradas y un sabor agridulce en la garganta, justo ahí donde se originan las lágrimas. Al principio no podía dejar de ver episodio tras episodio, después la calidad de la historia fue bajando y bueno... Ni hablar cuando pusieron a dormir a Elena. Pero algo me decía que tenía que seguir, que iba a valer la pena. Y así fue. La última temporada arranca con todo, a pesar de que las dos anteriores dejan mucho que desear. Vuelven personajes, se cierran historias, ¡por fin se descubre adónde fue arrastrada Kat! Quince capítulos buenísimos. Y el último, qué se le va a hacer... No me llevo bien con las despedidas.
[Alerta spoilers]
Después de extrañar tanto a Elena, vuelve con una peluca mega falsa y una actuación mediocre, apenas le demuestra cariño a Damon y se ve muuuuy poco de su vida juntos. Despierta, se abrazan, se recibe de enfermera, mueren. Eso es todo. Nada de hijos, navidades, noches de estudio, risas, cotidianidad. Tanto miedo de ver a Damon siendo humano y la incógnita me perseguirá el resto de mi vida. ¿Cómo se las habrá arreglado caminando lento, envejeciendo, comiendo hamburguesas y teniendo un perro? ¿Damon trabajando? Vaya uno a saber.
Bonnie se fue a vagar por el mundo con la voz de Enzo rondándole por la cabeza, por si se olvida las llaves. Triste, solitario y forzado para uno de los mejores personajes, una mina que se las bancó TODAS y dejó la vida (varias veces) y la felicidad (todavía más veces) de lado por salvar a los demás. Bonnie Bennett se merecía el cielo y sólo se ganó un viaje a África.
¿Caroline y Ric abriendo una escuela para niños... diferentes? ¿Es una precuela de los X-Men? Quiero decir, es buena la idea... Supongo... Pero igual apenas mostraron a Caroline triste. ¿Tan perfecta tiene que ser todo el tiempo?
Como si esto fuera poco, Stefan muerto. En algún punto lo entiendo, él había empezado todo (convirtiendo a Damon en vampiro, volviendo a Mystic Falls, saliendo con Kat y Elena, matando a Enzo...) y tenía que terminarlo, de alguna forma. No deja de ser tristísimo. Pobre tipo se pasó la vida sufriendo por sí mismo y por los demás, cargando con el dolor y la culpa de existir.
Igual diez puntos su reencuentro con Lexie.
No es la primera vez que me siento así con un final de serie. Hasta ahora sólo me sentí satisfecha con Six Feet Under. Creo que lo que arruina todo es esa necesidad de los guionistas de intentar despedirse "a lo grande", volcando todo lo que se les ocurre en un plato que termina sabiendo horrible y se queda atorado en la garganta. En ocasiones no hay que aspirar tan alto, puede que lo esperable sea lo indicado. Yo sólo quería que terminaran todos juntos, contentos y comiendo perdices. La misma L. J. Smith, creadora de los libros, dice que prefiere los finales felices porque renuevan la esperanza, sobre todo para los que la perdemos a diario. En la saga literaria, de hecho, el que muere para salvarlos a todos es Damon y, al final, parece que queda algo vivito... Entonces, ¿por qué intentan cerrar las series con tanta cosa épica pero que no pega ni con voligoma? Al menos por respeto a los seguidores o a los personajes, le hubieran puesto un poco más de onda.
El final final, ese último segundo, sí me llenó el alma. Después de una vida humana, Damon se muere y encuentra la paz. ¿Adónde va? A ver a Stefan, que lo espera en su mansión. "Hello, brother", le dice, como en el episodio piloto y en tantas otras ocasiones. Frase latiguillo que, para esta altura, ya incorporé a mi vocabulario.
Qué sé yo, en líneas generales podría decir que me gustó y que entiendo por qué decidieron tomar ciertos caminos. Un Stefan humano no habría podido encontrar la paz, no se habría sentido merecedor de una vida feliz al lado de Caroline después de haber sido el Ripper, de haber asesinado a tantas personas. Casi podría decir que alguien tan empático y melancólico como él estaba destinado a sacrificarse y convertirse en mártir, sobre todo para redimirse por haber condenado a Damon a la vida vampírica y sentirse, de algún modo, responsable por las acciones de su hermano mayor (muchas veces peores que las suyas).
Los voy a extrañar, Señores Salvatore.
miércoles, 6 de septiembre de 2017
Por esto hacer ejercicio es contraproducente
Iba caminando por el corredor aeróbico, tratando de hacer ejercicio, y fijé mi meta en pasar a una mujer en particular que iba delante mío. Tenía la cintura y la cola más grandes que yo, así que haciendo uso de mi soberbia y el poco amor propio que verdaderamente siento me dije a mí misma que podría lograrlo. Después de todo no podía ser que caminara más rápido que yo teniendo más kilos encima. Pero los metros siguieron avanzando y no pude pasarla. Ella era mejor que yo, no había discusión ni balanza que pudiera darme la razón. Entonces se detuvo y se quedó mirando una imagen de la virgen que se encuentra en medio del corredor, protegida por unas rejas y rodeada de flores de plástico. La mujer se acercó y le acarició la mano a la estatua, ya algo despintada por lo corrosivo del clima a la intemperie. Seguramente le pedía o le agradecía algo. Y mientras ella seguía adelante con su plegaria silenciosa, al fin la pasé. No me sentí particularmente orgullosa, después de todo ella misma me dio la ventaja. Ella y su fe. Seguí caminando hundida en mis pensamientos, cuando me di cuenta de que ahora ella caminaba detrás de mí, pensando que mi cintura y mi cola debían ser más grandes y queriéndome pasar, o prestándole más bien una atención eventual a mi cuerpo. Nunca lo sabré. Éramos dos mujeres tratando de sobrevivir, nada más que eso. Es sólo que no quisiera ser el tipo de persona que compara su cuerpo con el de otra o se siente superior o mejor consigo misma por descreer en las imágenes de vírgenes o santos. Pero lo soy. Y me pesa cada día.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
