Era todo oscuridad y solo se veían, cada tantos metros, un par de destellos de luz itinerantes que me cegaban ocasionalmente. Los que iban delante mío eran rojos. El viento me hacía volar el pelo y me perforaba la nariz con un olor nauseabundo, propio de los campos abiertos en provincia. Menos mal que la radio me hacía compañía, porque sino hubiera pegado el volantazo hacia alguna loma y chau soledad.
I don't have the right name or the right looks, but I have twice the heart.
sábado, 22 de diciembre de 2018
miércoles, 12 de diciembre de 2018
PILAR
Van a ser las dos de la tarde acá en mi país, Argentina. Día miércoles 12 de diciembre del 2018. Estoy sentada en el escritorio de mi casa, manoseando este teclado como tantas otras veces. Mi hermana está esperando para entrar al quirófano, a unas pocas cuadras. Le van a realizar una cesárea. Eso quiere decir que en algunas horas voy a conocer a Pilar, mi primera sobrina.
Agustín, mi primer sobrino y ahijado, es el ser de luz que ilumina mis días y mi vida entera.
Matías, mi segundo sobrino, me acompaña desde y hacia todas partes; lo siento en el viento, en los abrazos, en los silencios, en la música. Matías está conmigo todo el tiempo, me guía y me marca el camino cada vez que empiezo a doblar las rodillas y me quiero tirar a llorar.
Ahora tengo que abrir mi corazón para Pilar. Otra mujer: nada más y nada menos. Creí que no me iba a volver a sentir así, pero la espero con ansias. Por ella tengo que encontrarme a mí misma, reconocerme como mujer, luchar por mi lugar en el mundo.
Gritar con cientos de otras mujeres que #sevaacaer, que no nos callamos más, que se terminó de una vez. Pienso en lo difícil que es la vida para nosotras, que hubiera sido más fácil ser hombre, tener los privilegios del pene.
¿Pienso o pensaba?
Ahora me emociona que Pilar venga a mi vida. Que transitemos juntas este camino de lucha, de resistencia. Que la guíe hasta donde pueda y después ella me diga por dónde seguir; que se defienda, se haga escuchar y tiemble el suelo que pisen sus pies.
Pilar va a ser una guerrera. La primera de la familia. Detrás suyo haremos fila las demás, las que con suerte llegamos hasta acá. Ella va a tener la voz de todas juntas, la sabiduría y la fortaleza. En eso pienso mientras espero que me avisen que salió todo bien.
Estoy emocionada. Aterrada. Impaciente. De lxs niñxs dicen que vienen con un pan debajo del brazo. Mi sobrina va a traer un escudo y una espada.
jueves, 6 de diciembre de 2018
Vivas nos queremos
Hace varios días que me viene dando vueltas por la cabeza este asunto. Años, seguramente, pero eso debería desenterrarlo en otro momento. Voy caminando por la calle y me preparo para salir corriendo si un hombre se toca el pantalón, cerca de la entrepierna, o me mira más de una vez. Apuro el paso cuando siento detrás de mí el motor de una moto o la frenada repentina de un auto. Lamentablemente, les tengo pánico a las camionetas grandes. Me pongo nerviosa cuando es muy temprano o muy tarde, porque circula menos gente y cada uno de esos pocos hombres que me cruzo puede dañarme irreparablemente. A veces meto las manos en los bolsillos y presiono levemente las llaves entre los dedos, hasta clavármelas en las palmas y convencerme de que pueden lastimar; de que usándolas más o menos bien para defenderme podría salir con vida de un ataque. Trabajo y frecuento espacios sociales sin alejarme demasiado de mi casa, siempre a la distancia de un colectivo o un remis (capítulo aparte el terror de viajar en el asiento trasero de un auto ajeno, conducido por un extraño que de vez en cuando decide cambiar el recorrido porque sí). Si es de noche, me acompaña o me busca mi novio, mi hermano, mi amigo, el hombre de turno. Tengo amigas que piensan que exagero: que no es tan grave la cosa, que soy una extremista, una dramática. Que porque me digan un “piropo” en la calle no amerita que me pare a gritar como una loca, que mire con ojos de asesina a cada hombre que se queda analizándome el culo o las tetas. Soy una mina linda. Socialmente linda. Me visto más o menos bien, me cuido el pelo, me maquillo. Uso lápiz labial. Me dicen cosas en la calle o me miran de más desde hace casi veinte años. ¿Te das cuenta del castigo que supone semejante situación? Si sos mujer como yo, seguramente sí. Si sos hombre, quizás no. Incluso aunque te lo imagines, jamás vas a experimentarlo. Yo no quiero que me miren más. No quiero que me digan nada. Desde chica uso ropa suelta para ocultar mis curvas, en un vano intento de pasar desapercibida. Cuando me voy a trabajar en bicicleta bien temprano, me pongo la capucha y me maquillo menos. En el camino siempre algún tipo me dice alguna barbaridad; pero en realidad no me ve. Asume que debo tener una vagina, unas tetas, un culo. Paso a toda velocidad y no le devuelvo la mirada hasta que me habla y me doy vuelta para mandarlo a la reputísima mierda. Recién entonces me mira un poquito de verdad. Y ahí empieza el ninguneo, la misma historia de siempre: que exagero, que por qué no me calmo. Vivo calmada. Vivo encadenada por el terror que siento. Tengo miedo de que me toquen, me violen, me lleven, me torturen, me vendan, me prostituyan, me asesinen, me descuarticen, me desaparezcan. Y millones de sinónimos. A mí nadie tiene que explicarme lo que es el abuso de poder constante por parte de los hombres, lo vengo mamando desde que nací. Sí me reconozco ignorante en muchísimas áreas que tienen que ver con la práctica y la teoría. Pero la sensación de humillación, de injusticia, es visceral. Creo que me falta muchísimo contenido histórico y coraje para ser feminista. Acarreo la bronca y la impotencia, pero todavía carezco de la fuerza para salir a quemar todo. Por eso agradezco la existencia de aquellas mujeres que gritan por mí, que marchan y combaten el patriarcado desde la calle, la casa, el ámbito educativo, desde donde sea. Que no se callan nada. Como en tantas otras cuestiones de la vida, una vez que abrís los ojos cuesta demasiado volver a cerrarlos. Y yo no quiero bajar más la cabeza. Ayer se hizo una marcha nacional en nombre de Lucía Pérez, víctima de femicidio -diga lo que diga el fallo. La drogaron, violaron y empalaron en 2016. La piba tenía dieciséis años, se murió de dolor. Dicen que se lo buscó, que andaba comprando marihuana. Porque si te drogas, usás poca ropa o provocás a un hombre y abusa de vos, te lo buscaste. Los tres acusados por el crimen fueron absueltos, ¿podés creerlo? Justo en el marco del Día Internacional de lucha contra la Violencia hacia las Mujeres, la semana pasada. No hay una palabra que describa lo que se siente, pero dejémoslo en indignante. No soy una mujer politizada, como habrá quedado claro. No tengo el pañuelo verde ni voy a las marchas ni opino demasiado cuando se arma el debate. Pero me solidarizo con mis hermanas mujeres, siento con ellas el dolor, la bronca. Todas somos Lucía. ¡Y tantas otras! De los casos registrados, se deduce un femicidio cada treinta horas aproximadamente. Es una locura. Es una masacre. Nos están matando. Por esto me decidí a escribir, porque sigo buscando mi lugar en el mundo, mi destino como ser humano, mi accionar como mujer. Pero la voz ya la tengo, ya sé lo que quiero decir y cómo. Escribir es un oficio inseparable del compromiso político. Cuando era chica escribía para sobrevivir, para entretenerme, para inventarme una vida mejor. Después seguí escribiendo por costumbre, porque era fácil y suponía un reto. Jamás me había planteado la verdadera importancia de la escritura hasta que me choqué con Rodolfo Walsh. Cada uno tiene sus hitos, el antes y el después. Para mí fue Walsh. Me reconocí en él, en la comodidad de la ficción, en eso de hacer lo que uno hace bien y quedarse en el molde. Al tipo después le pasaron cosas, no empecé a escribir esto para hablar sobre su vida así que lo dejo para otro día; pero la realidad se le impuso, lo cagó a piñas. No le quedó otra que involucrarse y elegir un lado de la vereda donde sentarse a teclear en la máquina de escribir. La escritura debe ser un frente de denuncia, siempre. Podemos irnos por las ramas, divagar, inventar, dedicarnos a la ciencia ficción o la fantasía. Todos necesitamos puntos de fuga. Pero no debemos suprimir el espíritu de resistencia. Hay que dejar evidencia de lo que ocurre a nuestro alrededor, mostrar lo que pasa en el mundo y señalar con puntos y comas las injusticias, los abusos, la impunidad. Hoy hablo de Lucía Pérez, pero hay tantas otras. Mañana puedo ser yo. Por eso escribo: para empezar a pelearla desde donde puedo, hasta salir a gritar por las que vienen detrás, las que se animan menos; las que todavía creen que está bueno que les digan un piropo, que el novio las controle, que el padre las calle porque no saben nada, que el jefe se les insinúe, que el amigo se aproveche cuando se tomó unas cervezas de más. Es muy difícil generar una consciencia cuando uno viene de una crianza establecida por los santos designios del machista. Mi viejo es tremendamente machista. Mi suegro también. Mi hermano trata de separarse de sus raíces, pero a veces no lo logra. Yo misma me encuentro muchas veces juzgando a otras mujeres desde un monóculo machirulo y, más tarde, me avergüenzo. Sé que no es fácil romper el molde. Pero hay que empezar, aunque sea a pequeños pasos. La semana que viene nace mi sobrina: Pilar. Estoy aterrorizada. Se le viene difícil. Por ella necesito sacar fuerzas de donde sea y unirme a la revolución feminista. Por ella y todas las que me rodean, que están asustadas como yo pero siguen cómodas bajo el ala protectora de su hombre. Yo quiero ser libre, quiero cuidarme sola, quiero salir y ser independiente. Muchas personas se quejan de los métodos de la ola feminista: que son quilomberas, que son subversivas, que rompen todo, que pintan las paredes, que andan en tetas, que paran el tránsito. Sí, sí, sí a todo. Las aplaudo. Nos están matando desde el principio de los tiempos, ¿cómo seguir aceptándolo? ¿Cómo oponerse pacíficamente? Sé que la violencia genera más violencia, pero no veo otra forma. Hablando tranquilas no nos va a escuchar nadie. Ya no hay espacio para la conciliación. La habrá cuando dejen de atacarnos. Cuestionan nuestra vestimenta, nuestro lenguaje, nuestras protestas, nuestras acciones. Todo en la vida de una mujer se pone debajo de la lupa para juzgar libremente, opinar, sentenciar. A mí me da miedo salir a la calle, es cierto, pero hay tantos otros espacios en donde me siento minimizada, menospreciada, humillada. En mi trabajo, en los medios de transporte, en mi casa paterna. Cuando me fui de ahí fue porque me cansé de que el final de cada pelea con mi viejo terminara en que yo no podía opinar porque era mujer y era joven. Sé que tremenda pelotudez no es cierta, pero se grabó con fuego en mi alma. Lucho contra todo eso y trato de levantar la frente cuando voy por la calle, pero todavía me siento débil. Por eso admiro a esas mujeres que se pintan la cara de verde, que se cuelgan el pañuelo de donde sea y salen a gritar como indios. Que corean canciones de guerra contra el patriarcado. La revolución será feminista o no será.
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