I don't have the right name or the right looks, but I have twice the heart.

miércoles, 28 de septiembre de 2016

"Me fui despidiendo a diario de él, para que cuando finalmente me dijera adiós no doliera tanto. Al final la vida es eso: una continua despedida."



Cambié el formato. Wow, qué frase. Cambió todo, ¿no es eso la vida, después de todo? Cambiar salvaje y locamente, todo el tiempo (parafraseando a Aprile). ¿No me veo más madura? ¿Mis pensamientos no se ven más siniestros con este verdecito y el fondo transparente? Esos libros no le quitaban intensidad a mis palabras? Veremos. Cuesta adaptarse, ¿no? 


sábado, 17 de septiembre de 2016

Despedida


Vine creyendo que todavía podía ser una broma. Que apenas abriera la puerta ibas a aparecer corriendo a recibirme... Estoy sentada en el patio y sigo esperando que bajes la escalera y apures el paso al verme. Papá ya sacó de la cocina tu plato de comida y agua. Hasta sacó la lata donde guardábamos el alimento balanceado. Tu canasta de mimbre está afuera, con su almohadoncito y tu rascador que nunca usaste. Recién llegó y me pidió que me lleve todo porque le duele demasiado ver tus cosas. Cada vez que se iba a quebrar, se alejaba un poco para que no lo viera. "A mi me criaron en un mundo donde los hombres no lloran, me dijo, pero esto me supera". Y nos abrazamos. Con los dos brazos y el llanto en su hombro. Por primera vez parecimos padre e hija. No aguantamos tanto dolor, Jas. Traje conmigo tus dientes de leche que siempre guardé con tanto amor. Removí un poco la tierra que te cubre y los dejé ahí, junto con una pequeña notita. Lo que te escribí es cosa nuestra. No sé si es tonto, pero sentí la necesidad de hacerlo. Sé que ya no sos ese cuerpo que descansa debajo de la tierra, sino un sinfín de recuerdos que nos sacan una sonrisa. Verte entrando por la ventana, tomando agua de las canillas, durmiendo arriba del auto, metiéndote en cada caja aunque te quedara chica. Se me rompió el corazón, Jas. Nos dejaste y ese vacío no se va a llenar jamás. Eras una de las pocas cosas que me unía a mi papá. Se tuvo que ir a trabajar y me pidió, antes de irse, que te llorara un sólo día más pero que después te dejara ir. "Y aunque Jasper no esté más, tampoco te olvides de mí", agregó. Y yo me quedé llorando. Odio saber que va a estar solo. Otra de las razones por las que no te llevé conmigo cuando me fui fue que se hicieran compañía con papá. ¿Quién lo va a cuidar ahora? Me siento demasiado triste. Entre tantas cosas papá también me contó que tus últimos dos días te ibas a dormir a mi cama, cuando habías empezado a dormir con él hacía meses. Quizás sea casualidad. Quizás me buscabas a mí para despedirte. Después de todo esa pieza fue más tuya que mía. Pero para cuando llegué creo que ya no me reconocías. Te acaricié las orejas, te besé y te dije que todo iba a estar bien. Estaba convencida de eso. Esta primavera cumplirías seis años. Jasper Jones. Siempre me vas a sacar una sonrisa y una lágrima. Tengo mucho miedo de olvidarme de vos. De la suavidad de tu pelo, de lo pesado que eras, de cómo se amoldaba tu cuerpo para dormir sobre mis piernas, de tus bigotes, tu oreja cortada de la vez que te peleaste con el gato vecino. Tus almohaditas rosadas, tu cola peluda. En la cocina todavía hay alimento balanceado tirado por el piso. En la heladera hay fotos tuyas. Los zapatos de papá rotos porque te afilabas las uñas. Me da mucho miedo que esas cosas desaparezcan y nos olvidemos de vos. No quiero que el tiempo pase y los recuerdos pierdan intensidad. Quiero recordarte siempre con el mismo amor. Pero tengo que dejarte ir. Duele demasiado. Cuidalo a papá, por favor, donde sea que estés.



jueves, 15 de septiembre de 2016

Adiós, amigo

Fuiste mi mejor amigo. Al fin comprendí a qué se refieren esas palabras que me parecían vacías. Fuiste un gran compañero por muchos años y ahora me toca despedirme. No sé por dónde empezar. Lo único que siento es dolor en este momento... Pero también gratitud, hacia tu existencia y todo lo que me diste. Generaste un gran impacto en mi vida. Me enseñaste que se puede ser feliz con muy poco. Me hiciste reír y enojarme muchas veces en los mismos momentos. Cada vez que tiraste cosas de la mesa o de los muebles. Vasos, tazas, adornos, ropa, lo que fuera. Cada vez que me despertaste en medio de la noche porque querías comer o simplemente tenías ganas de que me levantara y te hiciera compañía. Tengo tantos recuerdos. El día que te adopté en la plaza de San Miguel, eras tan chiquitito que entrabas en mi mano. Pero me miraste y me elegiste y no tuve otra opción que amarte. Fuiste la primera vida que cuidé de verdad, porque nos habíamos elegido y eras mi responsabilidad. Y ya sabemos que uno es responsable para siempre de lo que domestica. Te compré juguetes, rascadores, canastas de mimbre para que durmieras... Y preferías jugar con las colitas del pelo, afilarte las uñas con mis libros y dormir sobre mis piernas amasándome la panza. Siempre fuiste en contra de las reglas, como todo gato que se respete. Y te hiciste amar no sólo por mí, sino también por mi papá... Quien ahora llora tu ausencia tanto como yo. Lo llegaste a conocer mucho, ¿no? Se hace el duro pero siempre te quiso. Lo vi muchas veces tratarte como una mascota en público y después malcriarte como a su hijo cuando creía que nadie lo veía. "Jasper, bajate de la mesa" te decía cuando había visitas. Y tantas mañanas me levanté y lo vi desayunando entre tu cuerpo todo estirado sobre el mantel, porque siempre disfrutaste de acostarte ahí, donde queríamos poner la taza o el plato o el libro. Para vos lo más importante era estar presente, impedirnos que nos centráramos en otra cosa. Y sí, vos también nos domesticaste. Y sos responsable de todo este amor que sentimos, que parece dolor porque no aguantamos que nos hayas dejado... Pero vamos a estar bien. Vos ya no querías sufrir más y tenemos que aceptarlo. Después de todo bailaste en la línea divisoria bastante veces. Ya entiendo también eso de que los gatos tienen muchas vidas. Sobreviviste a la hepatitis que te atacó dos veces, a los resfríos, a ese maldito moquillo e incluso a la pata quebrada. Ya no querías sufrir más y lo entiendo. Es sólo que me hubiera gustado estar ahí. Me fui de casa hace algunos meses y te dejé, me cuesta vivir con esa decisión. Te dejé para que estuvieras mejor, porque en mi casa nueva no ibas a tener pasto ni sol ni mucho espacio. ¡Y cuánto te gustaba echarte al sol y dormir toda la tarde! O caminar por los techos y observarlo todo. Visitar a los vecinos, pelearte con otros gatos en el techo, afilarte las uñas en los árboles, intentar caza bichitos. No ibas a poder hacer nada de todo eso en mi departamento. Por eso te dejé con papá, para que siguieras siendo feliz. Y lo fuiste. Cada vez que fui a visitarte te encontré feliz y sano. Gordo, peludo, holgazán. Y siempre me recibiste con mucho amor. Salía al patio a llamarte a los gritos y bajabas de la terraza corriendo desesperado, porque conocías mi voz. Y te refregabas en mis piernas, pero no me dejabas acariciarte mucho. Enseguida salías corriendo al patio y te escondías entre las plantas, para que fuera a buscarte. Y entonces empezábamos ese juego que inventaste hace muchos años y me enseñaste con tanta emoción, de corrernos por toda la casa. Primero yo te corría a vos y cuando llegábamos a alguna pared, pegábamos la vuelta y vos me corrías a mí. Cuando eras cachorro el juego duraba mucho tiempo, pero los últimos años empezaste a cansarte más rápido. Entonces simplemente te acostabas en el pasto y me mirabas como diciendo "No quiero jugar más, pero igual te gané". Estuviste ahí siempre. Cuando me peleaba con mi papá y me encerraba en mi pieza venías y te quedabas conmigo. Cuando Fede se quedaba a dormir, te las ingeniabas para acomodarte entre nuestras piernas y dormías con nosotros. Mi cama siempre fue tu cama, con tus seis kilos de gato te estirabas y dormías súper cómodo, mientras yo me adaptaba a la forma de tu cuerpo y siempre terminaba durmiendo sobre la madera o pegada contra la pared. Y te alimenté, te puse incontables pipetas porque siempre se te subían las pulgas, te llevé al veterinario. Incluso cuando no querías y me odiabas. ¡Qué difícil fue cuidarte a veces! Recuerdo los días en que tuve que ponerte yo las inyecciones porque te estresaba demasiado ir al veterinario. Y tenía que engañarte de alguna forma para que no te dieras cuenta de que tenía la jeringa en la mano... Pero empezaste a descubrirme y no querías que te tocara. Y yo sufría de verte mal. Pero te recuperaste. Nos salvamos los dos incontables veces. Creí que iba a ser así siempre. Que ibas a estar cuando fuera madre y te iba a presentar a mis hijos y te iban a querer tirar de la cola. Que Agustín y Matías te iban a perseguir por la casa gritando "¡Gaaaa!". Al menos Agustín llegó a conocerte, con lo mucho que le gustan los gatos. Gracias, Jas. Por estar ahí cada noche de estudio, cada día triste y feliz, cada fiesta, cada momento. Me hiciste inmensamente feliz. No creo en Dios o el cielo, pero quizás pueda creer en la reencarnación o en algo más, algún lugar donde uno pueda reencontrar lo que perdió en el camino. Ojalá volvamos a vernos, así me amasás la panza otra vez y te dormís sobre mis piernas y te lleno de besos hasta que te canses y te vayas... Pero nunca demasiado lejos, porque los mejores amigos están juntos siempre.