Escribí muchas veces sobre la necesidad de escribir. Dije, si mal no recuerdo, que uno se desangra sobre el teclado o la hoja, deja salir todo eso que lo oprime y lo convierte en arte. No digo que haya estado equivocada; más bien, puede que me haya quedado corta.
Vengo de una de mis tantas reuniones con Cristian, mi editor. Esa palabra le queda corta igual, tiene más que nada un fin explicativo (en este caso también y, por sobre todo, es mi amigo). Trabajamos doce horas seguidas en dos libros próximos a publicar: el mío y el de otro colega de la zona, Antonio.
Descripción gráfica de la mesa: notebooks, cuadernos, biromes, celulares, termo, mate, pizza, la cámara de Rama, libros, chipá, facturas, yerba, cables.
Participantes de la reunión: Cristian, Antonio, Rama, quien escribe. Virtual y ocasionalmente, Caro.
Sentí mucha conexión con Cristian durante las correcciones, la revisión de los textos, la unificación del criterio para darle forma al estilo de cada escritor (llámense Antonio y Mery). Todo rodeado por el ojo de AC, atento detrás del objetivo de la Nikon.
Estoy agotada mentalmente. Invierto los últimos minutos de lucidez acá.
Cristian me guió durante el proceso de extracción que padecí. Me corté a la mitad y me saqué el jugo. Con su invaluable ayuda. Trabajamos un texto que venía dándome problemas. Ahora que pudimos resolverlo, me pregunto si lo que me trababa era la temática; si era una cuestión relacionada con el querer. Creí que no podía escribirlo. Quizás no quería.
Pequeño resumen: una chica que vuelve de noche sola a su casa sufre la persecución de dos hombres.
Puede parecer trillado. ¿Sabés por qué lo es? Porque pasa todo el tiempo. Me pasa a mí, nos pasa a todas. Acá ni siquiera necesito el lenguaje inclusivo. Cualquier mujer puede comprender la gravedad del asunto, aunque creamos que es natural salir a caminar con miedo a la calle. Todo hombre habrá acompañado alguna vez a una chica a su casa porque era tarde, como si fuera sinónimo de peligro. Lamentablemente, lo es. Podemos desaparecer cualquier día. Sin rastros.

Si querés saber cómo sigue el cuento, a fin de mes se publica mi libro. Puedo decirte dónde comprarlo (que soy bastante pobre, che, necesito vender).
Si no te convence la historia que te cuento, confiá en esto: quedó un pedacito mío en esas líneas. Tuve que romperme y dejar escapar algo que estaba bloqueando porque no sabía cómo manejar. Cristian me guió, como un chamán literario, hasta sentir con mis personajes. Estuve ahí, en los escenarios que imaginé. Me quedé muda, me temblaron las piernas, se me hizo una pelota en el estómago. Aguanté las lágrimas, apreté la mandíbula y dejé fluir la bronca y la frustración por mí, por todas mis hermanas: las que están y las que desaparecieron. Las vivas y las muertas.
Fue durísimo. Terrible. Jodidamente hermoso, como hubiera dicho alguna vez Cristian.
Como a la protagonista de mi cuento, el destino me encerró en un departamento a la noche con dos hombres. La diferencia fue abismal: ella corría un peligro tremendo; yo estaba con dos seres humanos a los que les confío la vida. Siento un amor desmedido hacia ellos y no representan ningún tipo de peligro para mí.
Así y todo pude experimentar la trama del cuento: Cristian representó mis oraciones, se paró frente a una puerta imaginaria y me preguntó cómo seguía la historia. Yo todavía estaba trabada, negada. Me hizo parar, me sacudió, me dijo que ahora era yo la protagonista, me preguntó qué sentía. Cerré los ojos, no quería llorar, liberé la bronca.
Rama también estaba, sosteniéndome la mano a distancia. La puta madre, el corazón.
Creo que pude escribir un buen final. Estábamos los tres de última.
Ahora volví a mi casa y la vida es chata otra vez. Fluyo con el paso de las horas, me digo que necesito descansar pero no puedo bajarme de esta inyección de adrenalina.
Si consigo la fuerza para seguir moviendo los dedos, capaz me ponga a escribir.
Ahora comprendo un poco mejor qué significa esto de ser escritora. Llámese aquella que se rompe y se reconstruye sola. Una y otra vez, como si fuera una pulsión.