Vengo de mi primera clase del ciclo lectivo. Como siempre, cursar con usted, señor Dante Peralta, es un placer. Noté que en este blog (a diferencia del anterior) me refiero a las personas por nombre y, a veces, apellido. ¿Será que en la nueva etapa de mi vida ya no siento interés por mantener los secretos? Cuál es el sentido de mantener en la sombras a las personas, ¿no? Si generan un impacto en mi vida, mejor que las llame por su nombre con puntos, comas y tildes. Definitivamente Dante es uno de esos profesores por los que te dan ganas de ir a clases. Será la forma en que habla, que te contagia el entusiasmo. Ni bien entró al aula me miró y le sonrió toda la cara. Quizás simplemente estaba contento por tener una audiencia mayor a la del año pasado (me dijeron que la cursada constaba de cuatro estudiantes). Pero algo en la forma en que se quedó viéndome por unos segundos demasiado largos me hizo pensar que realmente le alegró verme. Dante probablemente sea uno de los pocos docentes que llegaron a conocerme o, por lo menos, a mi forma de escribir. Bueno, qué se puede esperar de un taller de escritura, ¿no? Y ahora nos volvemos a encontrar, después de tantas cosas que pasaron... Vuelvo a escribir para él, para que me guíe y me ponga en el camino correcto. Si tan solo el resto de los profesores fueran tan motivacionales. El tema de la clase giró alrededor de lo que significa ser un escritor y parecía que me lo gritaba a mí. Hablamos sobre la importancia de dejar constancia en el mundo, de involucrarse con la sociedad, del compromiso político, de la lucha a través de la pluma. Y nos mandó a leer a Rodolfo Walsh, casi con urgencia. Ojalá pueda aprender el máximo de lecciones con estos hombres que marcan la historia.
I don't have the right name or the right looks, but I have twice the heart.
viernes, 17 de marzo de 2017
miércoles, 15 de marzo de 2017
So you never really found your way
Ahora que sé lo que realmente es perder a alguien, supongo que no debería magnificar el sentimiento que me aborda cuando pienso en él. Hay días en que estoy de acuerdo con lo que pasó, en que comprendo verdaderamente que decir adiós no es soberbia, sino amor. Pero entonces me cruzo con alguien en la calle que guarda un parecido razonable con su rostro o su forma de caminar y me asalta una especie de repiqueteo en el corazón que se parece demasiado a lo que tengo entendido por la hiperventilación. Yo sé que no frecuentamos los mismos lugares y que las chances de que nos crucemos son casi nulas, pero cada vez que pierdo de vista a esos extraños que pasan por mi lado y remueven tantos recuerdos, es como si reviviera aquel día en que lo vi por última vez, sabiendo que así sería aunque ninguno de los dos lo dijera en voz alta. Extrañar a alguien que se alejó por decisión propia es perderlo una y otra vez, irremediablemente, hasta el infinito. Quizás lo que atormenta es la posibilidad de volver a encontrarlo, de tener enfrente un cuerpo físico al que ya no se tiene acceso, sin poder acariciarlo, ni abrazarlo, ni sentirlo. Porque esa persona ya no existe más, se perdió entre la gente, se alejó con la marea. Y aún así, está. Está en todo lo demás, en cada rostro, en cada forma de vestir y de andar, en cada expresión. Está porque no podemos soltar, porque no fuimos hechos para eso. Porque nos aferramos con testarudez a recuerdos que supieron hacernos felices pero que no llenan el vacío que dejan las risas diarias, los buenos días, las conversaciones y todo eso que vuelve a una persona real. Ahora él para mí no es más que un mito, alguien que alguna vez existió y supo hacerme feliz con tan poco.
lunes, 13 de marzo de 2017
Si algo callé es porque entendí todo menos la distancia
No es que estuviera usándolo de excusa, pero creí que iba a durar un poco más el pase de impermeabilidad social que implicaba el luto. Supuse que mi dolor era suficiente para que todos a mi alrededor cerraran la boca y me dejaran sola de una vez, hundida en mi miseria. Los primeros días fueron fatales, los recuerdo con demasiada exactitud. La tarde que me iba a trabajar en el tren, triste pero entera, y me avisó Pablo por whats app lo que había pasado. Recuerdo que me bajé del tren en Muñíz (sólo había viajado una estación, con Fede saludándome con la mirada perdida a través de la ventana, tan sólo unas cuadras atrás) y arrastré la mochila todo el camino hasta mi casa, llorando desconsoladamente mientras las personas me miraban sin disimulo, con abierta curiosidad. Recién en la esquina me crucé con Pamela y Rodrigo, que se estaban llevando a Agustín de la casa de mi hermana, y al verlos supe que era verdad, que no había leído mal ni Pablo estaba equivocado. Matías nos había dejado para siempre. Entonces apareció Fede, que venía corriendo a buscarme por las llamadas que le había hecho de alguna manera, y me sostuvo en sus brazos justo a tiempo. Unos segundos más y me hubiera desplomado en el suelo, o tal vez mantuve la fuerza necesaria hasta que pudiera descansar en él. Después viajamos en el auto con mamá, Rubén y Chiquita, que no paraba de agarrarme del brazo y preguntarme a los gritos y al borde del desmayo por qué nos había pasado esto. Yo apretaba los labios y movía los hombros, sin saber qué decir. Mamá y Fede iban estáticos contra el asiento y Rubén manejaba como un desquiciado, como si pasarse los semáforos en rojo y llegar antes sirviera de algo. Y después cruzar esas puertas automáticas, los pasillos, los ascensores, los doctores y enfermeras, la gente de seguridad que nos dejó pasar con incomodidad cuando dijimos que estábamos por Matías. Ir encontrando caras familiares pero deformadas por el llanto, las narices rojas y los ojos desorbitados. Juan tirado en el suelo preguntándole por qué a los gritos a Dios. Las imágenes se suceden una detrás de la otra en mi cabeza y por momentos se mezclan, como si fuera flotando por el pasillo hasta la puerta de terapia intensiva, viendo los despojos en que se había convertido una familia numerosa. Pero todavía faltaba lo peor, y tuve que esperar a que otros más valientes pasaran primero y no fue hasta que Dana pidió por mí que dejé caer la mochila una vez más y arrastré los pies hasta llegar al lugar más triste del mundo, literal y metafóricamente. Lo que siguió días, semanas y meses después fue espantoso, pero atravesar esas puertas y ver a mi hermana sosteniendo a Matías en sus brazos es una imagen que no me voy a olvidar mientras viva. No quiero manosear demasiado ese recuerdo. Podría describir a la perfección tantas cosas de la habitación, de lo que pensé, de lo que dijimos, de lo que vi. Diré, simplemente, que sentí dolor muchísimas veces (¡y lo que falta!) pero el corazón se me rompió para siempre con esa visión. El viaje de regreso a casa no se quedó a atrás, Fede manejaba como podía de los nervios, todos en silencio, Jimena no me soltó la mano casi en todo el camino. Desde ese momento tanto con ella como con Juan compartimos una especie de intimidad, no sé cómo más describirlo, es como si con una mirada ya supiéramos que estamos pensando en Matías y la compañía del otro resulta reconfortante, aunque no atenúe demasiado el dolor. Agustín estaba alterado con tanta gente en la casa, la cuna vacía nos hostigaba desde el rincón, las mantas, los chupetes, los baberos tirados por todos lados. Absolutamente todo nos gritaba que faltaba alguien, que se estaba abriendo un hueco en el suelo que amenazaba con tirar hacia abajo los pies de todos los presentes. Pero Agustín nos hacía sonreír, por él hablábamos y jugábamos y ordenábamos lo que podíamos mientras Dana lloraba en la pieza de los nenes, abrazada al oso gigante de peluche. Pero se hizo tarde y nos fuimos todos, porque el día después iba a ser todavía más largo y se acercaba lentamente. Nos reunimos con el sol para ir al cementerio con ojeras, cansancio y dolor de cabeza y de alma, después de toda una noche de vigilia y llanto compulsivo. Débora también estaba y me agarró de la mano todas las veces que lo necesité, se quedó conmigo toda esa tarde y no me van a alcanzar los días de mi vida para agradecérselo. Nada jamás te prepara para ver un ataúd tan chiquito. Me costó mucho escribir esa frase porque resulta morboso, pero no había otra forma de decirlo. Simplemente debería ser ilegal, prohibido por la naturaleza o por el Dios que rija las leyes universales. Todavía lo pienso y me resulta irreal haber leído el nombre de mi sobrino en un coche fúnebre. Y besar un ataúd y tratar de aferrarme como si algo de lo que contuviera fuera todavía ese pedacito de mi alma que fue y será por siempre Matías. Horas después, cuando ya se habían ido todos, Pablo y yo seguíamos sentados en la puerta del crematorio, agarrados de la mano y charlando de lo que habían sido los últimos diez días, de lo rápido que había avanzado la enfermedad, de lo inesperado, de lo injusto. Fede, Débora y Marcela también estaban ahí con nosotros, acalorados, deshidratados y cansados, pero al pie del cañón. Dana y Juan se habían ido para no dejar a Agustín. Y el resto, no sé. Lo único que sabía era que mi hermana siempre me había confiado a sus hijos, que yo los había cuidado todas las veces que había podido, que era mi deber como tía estar ahí siempre. ¿Cómo iba a reunir las fuerzas para dejar a Matías? Y Pablo me decía que había que irse, pero él tampoco se movía de su lugar. Él es el padrino de Matías, ¿necesito explicarte más? Si yo sentía la necesidad de quedarme, él debía sentir la obligación. Y así pasaron las horas, una detrás de la otra, llorando en silencio o hablando de todas las lápidas llenas de juguetes, angelitos, pelotas, camisetas de fútbol. Todo eso que nos hizo pensar que no somos los únicos que perdieron tanto, que hay otras familias igual de destrozadas, que el dolor que sentimos no tiene comparación pero tampoco representa un caso aislado. Entonces llegaron mamá y Rubén a buscarnos y acabaron quedándose con nosotros, todos reunidos detrás de esa puerta, cuidando por última vez a Matías. Nos sentamos en el piso, como si fuera una salida casual, y conversamos de nuestra infancia, de cosas que ni me acordaba, nos reímos mucho bajo ese sol que todavía puedo recordar cómo quemaba. Pero cada tanto pasaba un vientito que nos refrescaba y nadie lo decía, pero todos sentíamos que era Matías despidiéndose, diciéndonos que era hora de irnos, que ya no había nada que hacer. Uno a uno fueron yéndose y me quedé sola unos minutos más. Espero nunca tengas que despedirte de alguien de la forma en que lo hice yo, de rodillas en el suelo y dándole un beso a una puerta. Se me llenan los ojos de lágrimas al recordarlo. Y el día era hermoso, realmente perfecto. Mientras caminaba hacia la salida confirmé que quizás crea en Dios en algún recoveco de mi corazón, pero que de todas formas mi relación con él ya no puede avanzar. Como dice el protagonista de La tregua, de Benedetti: "Ahora las relaciones entre Dios y yo se han enfriado. Él sabe que no soy capaz de convencerlo. Yo sé que Él es una lejana soledad, a la que no tuve ni tendré nunca acceso. Acá estamos, cada uno en su orilla, sin odiarnos, sin amarnos, ajenos." Qué más te puedo decir. Pasaron muchas cosas más después de aquel fin de semana. Aguantar los mensajes de aliento, las frases hechas, los comentarios desubicados. Gente a la que no le importaba nuestro dolor demandando detalles. Personas que intentaron reconfortarme de todas las maneras posibles cuando yo sólo quería que me dejaran en paz. Pocos comprendieron que lo último que quería era que me hablaran. Todavía sigo sin querer escuchar a nadie, todavía sigo sin darle importancia a nada de lo que le pase a los que me rodean, pero mi licencia de la humanidad está caducando. Ya no le importa a nadie el dolor que siento, la muerte de Matías es noticia vieja y ya no causa incomodidad ni silencios. Los que lo saben ya no lo mencionan y lo que están en desconocimiento no sienten la necesidad de preguntar. Cuando me deprimo y ando con los ojos llorosos, los despistados miran para otro lado y el resto se hacen los idiotas. Por un lado se los agradezco, pero eso sólo significa que mi tristeza se está volviendo injustificada para el mundo y que ya no se pasan por alto mis llegadas tarde, mis respuestas cargadas de misantropía, mis ganas nulas de seguir con mi vida. Ya nadie entiende por qué no quiero ir a la universidad, por qué prefiero quedarme acostada en la cama antes que salir o por qué vivo a través de las series norteamericanas. Se me acabó el límite de tiempo para estar triste legalmente y la única opción que me queda es volver a fingir, pretender una vez más que soy un ser humano corriente que ríe, sueña y dice las idioteces que todos esperan escuchar. Tendré que hacer chistes y maquillarme y ser todo lo humanamente posible correcta, como era antes de todo esto pero con un hueco en el pecho que se va a ir llenando de humo con el correr de los años. Ya nadie va a saber que soy una máscara, una cáscara vacía, un vidrio quebrado por todos lados que hace equilibrio para intentar reflejar lo que queda de mi alma. Ya no sé cómo explicarte tanto dolor. Ya ni siquiera voy a intentarlo. Ahora el dolor es sólo mío.
viernes, 3 de marzo de 2017
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