I don't have the right name or the right looks, but I have twice the heart.

miércoles, 29 de noviembre de 2017

Eduardo



Esto es lo que sé.
Eduardo tiene treina y un años. 
Hace meses que al menos dos veces por semana desayunamos juntos. 
Es el encargado de control de calidad de los productos de Ice Dream, la empresa que trae los panes y medialunas congelados a la cafetería donde trabajo. En consecuencia, incontables mañanas apareció antes incluso de la apertura al público para mostrarnos cómo hornear correctamente las medialunas, entre otras cosas. Ahora sé que al horno hay que prenderlo antes para que vaya calentándose, que las medialunas se sacan del freezer también un ratito antes para que vayan descongelándose y puedan leudar correctamente. 
En una ocasión, inclusive, llegué bien temprano y el local seguía cerrado. Estaba por llover y me senté a esperar en la puerta, abrazándome a mí misma porque hacía frío. El día estaba gris, me acuerdo bien, no sé por qué, y desde la esquina vi que Eduardo venía caminando. Primero me asusté (siempre me asusto de hombres que vienen caminando a lo lejos cuando estoy sola), pero enseguida lo reconocí y su presencia me reconfortó. En ese momento todavía tenía el pelo largo (por largo me refiero a un poco crecido, supongamos un centímetro y medio o dos; hace algunas semanas se rapó a cero y le cambió por completo la cara), y me pareció terriblemente atractivo. A cualquier mujer le gusta charlar con un hombre educado, bien vestido (por lo general lleva ropa de vestir, aunque la camisa le marca un poco la incipiente pancita) y bien parecido. Me contó que vivía lejos y venía en transporte público, pero que no le molestaba viajar tan temprano porque le permitía aprovechar el día. 
Eduardo se comprometió desde el día uno con mi jefa, escuchó las quejas, intentó darle todas las respuestas que tuvo y defendió a su empresa con altura y sinceridad. Mi jefa lo maltrató un poco al principio, no más que a cualquiera de los otros proveedores o profesionales con los que trata; es una mujer fuerte e independiente que abrió una cafetería sin tener idea de nada y se tuvo que abrir el paso completamente sola, así que por lo general tiene que hacerse la dura con la gente nueva para mostrar quién manda. Después se hace amiga de todo el mundo y los invita a desayunar, a comer las medialunas, a disfrutar de una charla amena. 
Y así Eduardo empezó a quedarse después de chequear el contenido de las cajas y de las quejas, tanto de mi jefa como de la jefa de la cocina. Yo todavía era una barista bastante mala y le hacía el café doble apenas cortado con  gusto a quemado porque el café estaba sobre-extraído. Ahora sé que el café doble son dos onzas de café, más o menos cuarenta segundos de extracción, y luego se corta con leche emulsionada. Hasta me salen algunos dibujitos; pero todavía no domino del todo el arte latte. 
Cuando la buena onda se instaló, Eduardo comenzó a almorzar con nosotros también. A veces se va a media mañana y vuelve al mediodía, a veces se queda de corrido. Suele comer el menú del día o el sándwich vegetariano, porque no come carne. Tampoco come el postre, porque dice que está a dieta. 
La semana pasada, sin embargo, había de menú un sándwich con pepinillos, palta, verdes y langostinos que tenía buena pinta, así que lo pidió. Cuando se lo estaba llevando a la mesa, vi los langostinos que asomaban por debajo del pan y me sorprendí. "Tiene langostinos", le dije frunciendo el ceño. Yo también soy vegetariana, así que me tomo muy en serio este tipo de cosas. "Uh, no sabía", me respondió. Pero cuando pasé al rato el sándwich estaba casi terminado y la jefa de cocina, que disfruta de ver a sus comensales probando sus platos desde la ventana de la cocina, me dijo que le levantó el pulgar hacia arriba desde la mesa, indicándole que el almuerzo estaba bueno. No me lo tomé personal, pero me sentí un poco ofendida por ser un vegetariano trucho. Tanto como un vegano podría sentirse al verme comiendo quesos o huevos. Exagerada como soy, por un momento sentí que se me cayó un ídolo. Soy la única que no come carne en todo el local y me gustaba tener alguien con quien compartir esa decisión, aunque no estuviera presente todos los días. Es como si imaginara conversaciones ajenas en las que de alguna forma surgiera el tópico y dijeran "Mery no come carne, ¿viste?", "Sí, Eduardo tampoco." Él y yo fuimos cómplices secretos.
De Eduardo también sé que es gay. Ya mencioné que me pareció atractivo desde el primer momento, así que no faltó oportunidad para comentarle a mi jefa lo que pensaba. "Lástima que patea para el otro lado", me respondió, como siempre se dice de los homosexuales. Como si por rechazar la vida heterosexual su decisión fuera una ofensa para los demás. Es un comentario instalado que, sinceramente, decimos todos sin pensar ni analizarlo a fondo. Creo que si yo fuera gay, me molestaría que dijeran que mi orientación sexual es una "lástima". Lástima para vos, que querés entrarle a alguien que jamás te va a mirar en ningún otro sentido que no sea amistoso.
La semana que viene la cafetería cumple un año y se hace una fiesta privada, a la que sólo están invitados los clientes más allegados y proveedores, gente que colabora de alguna manera con el día a día. Eduardo confirmó su asistencia e incluso se comprometió a traer a su pareja, para presentarlo oficialmente. 
Hoy a la mañana, más o menos siete y media, mientras preparábamos un café para llevar con Estefi, mi compañera, vimos que Eduardo entraba a la cafetería. El pelo ya le creció bastante, así que reconocí su cabeza oscura, su suéter azul, su sonrisa cordial. Fue una mañana atareada, así que sólo le di un beso y le di los buenos días. Entre idas y venidas, alcancé a ver que en la cocina le hicieron una tostada multicereal y que Estefi le hizo su café doble cortado. Mi jefa estaba lidiando con asuntos administrativos, así que también tardó en reunirse con él en la mesa. Eduardo desayunó solo. De lejos también lo vi levantar los platos que había usado, y llevarlos a la bacha. Pocas veces dejó que las camareras levantemos su mesa. Hoy no hablé con él directamente en ningún momento, pero si de él con la jefa de cocina. Me quejé de que a veces las medialunas se queman un poco, salen demasiado crujientes y las mesas se llenan de migas. "Le tengo que decir a Eduardo", me dijo, "porque pone el horno a ciento noventa y se pasan". No sé si le dijo. Hago memoria, revivo mis pasos de esta mañana y no sé con seguridad si Eduardo entró a la cocina, si la jefa le dijo que estaba quemando las medialunas, si surgió en la conversación hipotética que la instauradora de la temática había sido yo. No sé si Eduardo volvió a pensar en mí después de saludarme, ni yo en él. Lo único que recuerdo, además de lo que conté hasta ahora, fue que lo vi caminar hacia el baño y abrí la boca para detenerlo, porque justo lo estaban pintando y quería advertirle que no se acercara demasiado a la pintura fresca. Pero entonces recordé que primero iban a pintar el baño de damas, así que cerré la boca y lo dejé marchar. 
Cerca de las once, cuando se fue, Estefi y yo estábamos buscando música en Spotify y apenas levantamos la mirada cuando pasó. "Nos vemos", gritó (más a la jefa que a nosotras, cosa rara porque siempre se despide con un beso) y seguimos con la mirada clavada en la computadora. Ninguna de las dos le respondió. 
A las dos y media de la tarde llamaron a mi jefa para avisarle que Eduardo había tenido un ACV durante una reunión, y como su familia y pareja viven en capital, necesitaban que fuera ella al hospital a firmar el permiso para derivarlo a una clínica especializada. Mi jefa salió corriendo y me dejó a cargo del local, a mí y a mi compañera del mediodía, Julieta, mientras casi le temblaban las manos. "No tiene a nadie más", nos dijo antes de irse. ACV significa Accidente Cerebro Vascular. Básicamente en un derrame cerebral, que puede o no ser fatal. No sé mucho sobre el asunto, el papá de mi mejor amiga se murió de eso, mi mamá y mi hermano viven con miedo de que les pase; y dice Wikipedia que es la tercera causa de muerte más común en Occidente, debido a la presión arterial causada por el sedentarismo y a la mala alimentación o el exceso de drogas y alcohol. No sé qué tipo de vida lleva Eduardo, pero supongo que una colmada de estrés y preocupaciones. Eso debe tener que ver. Cuando volvió mi jefa, más o menos una hora después, nos dijo que el cuadro no era muy esperanzador. La escuché discutir por teléfono con la pareja de Eduardo, que seguía en microcentro y no sabía cómo llegar hasta acá. 
Ahora son las diez de la noche. Sigo pensando en Eduardo y me pregunto cómo estará, si volveré a verlo, a llevarle la comida a la mesa, a prepararle el café. Si llegaremos a conocer a su pareja, si pensaremos en él la semana que viene, cuando festejemos el primer año de la cafetería y él no esté presente. 
Siempre sostengo que el mundo está lleno de gente que sobra, gente mala, que no aporta y encima resta. No lo conozco demasiado, no tenemos una relación íntima y es probable que no sepa mi nombre, pero siempre me pareció que Eduardo era una buena persona, sin maldad, casi inocente. Quizás algo en su tono de voz, en su tranquilidad, en la forma respetuosa en que se dirigía a los demás. No puedo evitar recordar también a Matías, mi sobrino que se murió ya hace más de un año pero me duele todos los días; pienso en la injusticia de las cosas, de las decisiones del destino, de la naturaleza de la vida, de todo lo que se escapa de nuestro control. Pienso que la ignorancia puede ser una bendición, que estar solo y aislado de los demás puede evitar tanto dolor acumulado... Pero, a la vez, qué contenta estoy de haber conocido a Eduardo, de haberlo hecho sonreír alguna vez, de saber estas pequeñas cosas que aunque en su vida privada no lo definieran, significan todo para mí porque constituyen esa pequeña partecita que yo, una camarera de una cafetería cualquiera, llegó a conocer.