Muchas veces me imaginé conversando con personas que admiro y no tengo forma de llegar a ellos. La mayor parte está muerta, de todas formas, así que el asunto va más allá de mis posibilidades reales. Salvo que nos adentremos en un terreno más espiritual y no es la idea (aquí y ahora, al menos).
Cuando era chica pasé por una etapa shakespiriana, leía las obras de teatro una y otra vez, convencida de que jamás encontraría algo mejor que lo que ofrecía Shakespeare (después crecí y me aburrió, siempre la misma historia). Más tarde me obsesioné con músicos, artistas de rock nacional del momento que no sólo cantaban bien (supongamos), sino que además eran atractivos. Cuando salió Twilight (la película, ni siquiera el libro) yo tenía diecisiete años, la edad de Bella Swan; el resto es historia y lo dejo a tu imaginación.
Lo que intento decir, el punto que conecta estos datos anecdóticos, es que de haber podido conocer a alguna de estas personas (o del resto que me niego a recordar o reconocer en este blog, fuera de una conversación privada, cerveza de por medio), no me imagino hablando de otra cosa que sus carreras o inspiraciones; o tips de belleza, si nos atenemos a los vampiros que brillan al sol. Quiero decir que preguntaría por el libro, la canción o la película, o sea, el producto en sí; el proceso de creación quizás.
J. D. Salinger, a usted le daría las gracias a secas.
Si me lo permitiera, también le daría un abrazo (sin cámaras ni micrófonos, lo prometo). Claro que la curiosidad y el morbo me empujarían a querer saber sobre El guardián entre el centeno, la Guerra, la familia Glass o sus métodos de escritura. Pero usted llegó a mi vida cuando estaba más perdida que nunca y me puso en el camino correcto otra vez, me devolvió un amor perdido. Usted fue mi Holden Caufield, esa soga a la cual aferrarme, por más lejana o irreal que fuera.
Yo había dejado de escribir y, peor, de leer. La muerte de mi sobrino le había quitado cualquier tipo de anhelo a mi existencia. Pasé un año sin poder acercarme a la biblioteca o a la computadora (las máquinas de escribir ya quedaron obsoletas, señor Salinger) y de pronto soñé con ese libro suyo, aquel que leyó todo el mundo, lo llevó a usted a la fama internacional y lo obligó a recluirse como si publicar hubiera sido su mayor error. Lo compré y lo devoré, me lo tragué en pocos días, convencida de que quizás al final encontraría las respuestas que estaba buscando.
Pero no. En todo caso se generaron más preguntas, con un nivel de confusión todavía peor.
No hubo más que Holden Caufield y su enojo sin sentido una y otra vez. La historia me gustó, sí, pero no me voló la cabeza (¡qué fea esta expresión tan argentina cuando pienso en Seymour Glass!). Lo que sí logró fue poner en marcha el motor de la mano, que creí oxidado; y el de la vista, que daba por perdido. Señor Salinger, su sueño (o el de Holden, que es lo mismo a esta altura) se hizo realidad: yo iba saltando por un campo de centeno con los ojos cerrados, y cuando estuve demasiado cerca de caer por el precipicio, usted me atrapó. A riesgo de equivocarme, asumo que eso es exactamente lo que busca todo escritor, a pesar de que nos entrenen para creer que la única forma de consagrarse es publicando. Ser reconocido puede ser el camino, sí, pero no siempre la meta.
Ojalá mis cuentos algún día también sirvan para salvar a alguien, aunque sea de sus propios demonios.