Que Juan hable mal de Pedro habla más de Juan que de Pedro.
Parece un trabalenguas pero me vendría bien recordarlo más seguido. A veces me enojo tanto con las actitudes de los demás, que se me va la boca quejándome y al final la tortilla se me da vuelta en el aire y se me cae en la cara. La metáfora es tan aplicable que casi siento las papas quemándome. En síntesis y sin demasiado detalle: ¡a pensar dos veces antes de hablar, a respirar profundo y a sonreír que para eso se te paga, Dorrego!
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