Era todo oscuridad y solo se veían, cada tantos metros, un par de destellos de luz itinerantes que me cegaban ocasionalmente. Los que iban delante mío eran rojos. El viento me hacía volar el pelo y me perforaba la nariz con un olor nauseabundo, propio de los campos abiertos en provincia. Menos mal que la radio me hacía compañía, porque sino hubiera pegado el volantazo hacia alguna loma y chau soledad.

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