Charlamos durante horas, lo más divertido era que no me dejaba terminar de responder, que formulaba cada vez más preguntas en su cabeza y las disparaba tatata y yo perdía el tiempo en reírme, perdía la capacidad de decirle lo que pensaba festejando su ansiedad.
Lo voy a olvidar, su sonrisa y sus ojos locos, su pelo descontrolado, su sensibilidad. Quiero aferrarme a su idea, a la posibilidad de que realmente existan más personas como él, más hombres que puedan tocarme sin asustarme, sin lastimarme; a la extraña situación de estar en un espacio cerrado con llave y tranquila, con la guardia baja.
Me habló de arte, de política, de amor, de muerte, de literatura, de capitalismo, de discriminación, del alma, de otras vidas, otras culturas, de espíritus femeninos y demonios japoneses. Me regaló un dibujo para que me proteja.
Me contó de su perro Fidel, que encontró en la calle al borde de la muerte hace siete años, me relató su recuperación lenta y costosa. Fidel porque significa "el que es fiel", no por Fidel Castro o Fidel Nadal, me aclaró. Al parecer una de sus recaídas salió unos veinte mil pesos, para que te des una idea, un sueldo promedio argentino, los ahorros de meses quizás. Desde entonces siempre tiene una bolsita con plata guardada por las dudas, porque el perro le quedó delicado.
Me imaginé entonces, porque me dijo que le gusta mucho viajar, que debe tener esos dos ahorros y que los dos son iguales de importantes. Ojalá todas las personas pudieran comprender la responsabilidad de adoptar un animal, domesticarlo, volverlo dependiente. Ojalá todos y todas se hicieran cargo de sus decisiones.
Cuando le pagué me cobró menos y le hice un chiste. Así cómo le vas a comprar la comida a Fidel, le dije. Vos por eso no te preocupes. Y la verdad es que no, no lo hago; ese perro debe vivir mucho mejor que miles de seres humanos, conoce la piedad, la compañía, la amistad, el amor, la entrega, el sacrificio. Ese perro y su dueño entendieron todo lo importante.

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