I don't have the right name or the right looks, but I have twice the heart.

jueves, 15 de septiembre de 2016

Adiós, amigo

Fuiste mi mejor amigo. Al fin comprendí a qué se refieren esas palabras que me parecían vacías. Fuiste un gran compañero por muchos años y ahora me toca despedirme. No sé por dónde empezar. Lo único que siento es dolor en este momento... Pero también gratitud, hacia tu existencia y todo lo que me diste. Generaste un gran impacto en mi vida. Me enseñaste que se puede ser feliz con muy poco. Me hiciste reír y enojarme muchas veces en los mismos momentos. Cada vez que tiraste cosas de la mesa o de los muebles. Vasos, tazas, adornos, ropa, lo que fuera. Cada vez que me despertaste en medio de la noche porque querías comer o simplemente tenías ganas de que me levantara y te hiciera compañía. Tengo tantos recuerdos. El día que te adopté en la plaza de San Miguel, eras tan chiquitito que entrabas en mi mano. Pero me miraste y me elegiste y no tuve otra opción que amarte. Fuiste la primera vida que cuidé de verdad, porque nos habíamos elegido y eras mi responsabilidad. Y ya sabemos que uno es responsable para siempre de lo que domestica. Te compré juguetes, rascadores, canastas de mimbre para que durmieras... Y preferías jugar con las colitas del pelo, afilarte las uñas con mis libros y dormir sobre mis piernas amasándome la panza. Siempre fuiste en contra de las reglas, como todo gato que se respete. Y te hiciste amar no sólo por mí, sino también por mi papá... Quien ahora llora tu ausencia tanto como yo. Lo llegaste a conocer mucho, ¿no? Se hace el duro pero siempre te quiso. Lo vi muchas veces tratarte como una mascota en público y después malcriarte como a su hijo cuando creía que nadie lo veía. "Jasper, bajate de la mesa" te decía cuando había visitas. Y tantas mañanas me levanté y lo vi desayunando entre tu cuerpo todo estirado sobre el mantel, porque siempre disfrutaste de acostarte ahí, donde queríamos poner la taza o el plato o el libro. Para vos lo más importante era estar presente, impedirnos que nos centráramos en otra cosa. Y sí, vos también nos domesticaste. Y sos responsable de todo este amor que sentimos, que parece dolor porque no aguantamos que nos hayas dejado... Pero vamos a estar bien. Vos ya no querías sufrir más y tenemos que aceptarlo. Después de todo bailaste en la línea divisoria bastante veces. Ya entiendo también eso de que los gatos tienen muchas vidas. Sobreviviste a la hepatitis que te atacó dos veces, a los resfríos, a ese maldito moquillo e incluso a la pata quebrada. Ya no querías sufrir más y lo entiendo. Es sólo que me hubiera gustado estar ahí. Me fui de casa hace algunos meses y te dejé, me cuesta vivir con esa decisión. Te dejé para que estuvieras mejor, porque en mi casa nueva no ibas a tener pasto ni sol ni mucho espacio. ¡Y cuánto te gustaba echarte al sol y dormir toda la tarde! O caminar por los techos y observarlo todo. Visitar a los vecinos, pelearte con otros gatos en el techo, afilarte las uñas en los árboles, intentar caza bichitos. No ibas a poder hacer nada de todo eso en mi departamento. Por eso te dejé con papá, para que siguieras siendo feliz. Y lo fuiste. Cada vez que fui a visitarte te encontré feliz y sano. Gordo, peludo, holgazán. Y siempre me recibiste con mucho amor. Salía al patio a llamarte a los gritos y bajabas de la terraza corriendo desesperado, porque conocías mi voz. Y te refregabas en mis piernas, pero no me dejabas acariciarte mucho. Enseguida salías corriendo al patio y te escondías entre las plantas, para que fuera a buscarte. Y entonces empezábamos ese juego que inventaste hace muchos años y me enseñaste con tanta emoción, de corrernos por toda la casa. Primero yo te corría a vos y cuando llegábamos a alguna pared, pegábamos la vuelta y vos me corrías a mí. Cuando eras cachorro el juego duraba mucho tiempo, pero los últimos años empezaste a cansarte más rápido. Entonces simplemente te acostabas en el pasto y me mirabas como diciendo "No quiero jugar más, pero igual te gané". Estuviste ahí siempre. Cuando me peleaba con mi papá y me encerraba en mi pieza venías y te quedabas conmigo. Cuando Fede se quedaba a dormir, te las ingeniabas para acomodarte entre nuestras piernas y dormías con nosotros. Mi cama siempre fue tu cama, con tus seis kilos de gato te estirabas y dormías súper cómodo, mientras yo me adaptaba a la forma de tu cuerpo y siempre terminaba durmiendo sobre la madera o pegada contra la pared. Y te alimenté, te puse incontables pipetas porque siempre se te subían las pulgas, te llevé al veterinario. Incluso cuando no querías y me odiabas. ¡Qué difícil fue cuidarte a veces! Recuerdo los días en que tuve que ponerte yo las inyecciones porque te estresaba demasiado ir al veterinario. Y tenía que engañarte de alguna forma para que no te dieras cuenta de que tenía la jeringa en la mano... Pero empezaste a descubrirme y no querías que te tocara. Y yo sufría de verte mal. Pero te recuperaste. Nos salvamos los dos incontables veces. Creí que iba a ser así siempre. Que ibas a estar cuando fuera madre y te iba a presentar a mis hijos y te iban a querer tirar de la cola. Que Agustín y Matías te iban a perseguir por la casa gritando "¡Gaaaa!". Al menos Agustín llegó a conocerte, con lo mucho que le gustan los gatos. Gracias, Jas. Por estar ahí cada noche de estudio, cada día triste y feliz, cada fiesta, cada momento. Me hiciste inmensamente feliz. No creo en Dios o el cielo, pero quizás pueda creer en la reencarnación o en algo más, algún lugar donde uno pueda reencontrar lo que perdió en el camino. Ojalá volvamos a vernos, así me amasás la panza otra vez y te dormís sobre mis piernas y te lleno de besos hasta que te canses y te vayas... Pero nunca demasiado lejos, porque los mejores amigos están juntos siempre. 





1 comentario:

  1. Pude leerlo completo, la primera vez no podía con el llanto, hace años atrás, y tuve que dejarlo en las primeras lineas. Hermoso!!! ellos son increíbles!! y sé que siguen muy cerquita aunque no los podamos ver..
    Una escritora del alma

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