Ahora que sé lo que realmente es perder a alguien, supongo que no debería magnificar el sentimiento que me aborda cuando pienso en él. Hay días en que estoy de acuerdo con lo que pasó, en que comprendo verdaderamente que decir adiós no es soberbia, sino amor. Pero entonces me cruzo con alguien en la calle que guarda un parecido razonable con su rostro o su forma de caminar y me asalta una especie de repiqueteo en el corazón que se parece demasiado a lo que tengo entendido por la hiperventilación. Yo sé que no frecuentamos los mismos lugares y que las chances de que nos crucemos son casi nulas, pero cada vez que pierdo de vista a esos extraños que pasan por mi lado y remueven tantos recuerdos, es como si reviviera aquel día en que lo vi por última vez, sabiendo que así sería aunque ninguno de los dos lo dijera en voz alta. Extrañar a alguien que se alejó por decisión propia es perderlo una y otra vez, irremediablemente, hasta el infinito. Quizás lo que atormenta es la posibilidad de volver a encontrarlo, de tener enfrente un cuerpo físico al que ya no se tiene acceso, sin poder acariciarlo, ni abrazarlo, ni sentirlo. Porque esa persona ya no existe más, se perdió entre la gente, se alejó con la marea. Y aún así, está. Está en todo lo demás, en cada rostro, en cada forma de vestir y de andar, en cada expresión. Está porque no podemos soltar, porque no fuimos hechos para eso. Porque nos aferramos con testarudez a recuerdos que supieron hacernos felices pero que no llenan el vacío que dejan las risas diarias, los buenos días, las conversaciones y todo eso que vuelve a una persona real. Ahora él para mí no es más que un mito, alguien que alguna vez existió y supo hacerme feliz con tan poco.
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