I don't have the right name or the right looks, but I have twice the heart.

lunes, 5 de octubre de 2020

habitarme


Esta es mi casa, por si me encuentro alguna vez tan sola que sienta un dolor muy incómodo en el estómago; para que puedas imaginarte conmigo, tomándome la mano cariñosamente o sonriéndome desde la mesa, quizás con una taza de café y unas tostadas esperándome. 

Cerrá los ojos, ahí va: hay un perro en el barrio que aúlla todo el tiempo como lo haría una bestia mitológica encerrada, me da mucha tristeza imaginar al minotauro en su laberinto, siempre anhelando una compañía, y nos reconozco iguales a los tres en esa soledad sin retorno. 

Tengo un ventanal muy grande, por el que se ve desde mi sexto piso una de las avenida más importantes de la ciudad y siempre hay movimiento: colectivos, autos, gente, edificios, nubes, humo, los días. Todo pasa a través de esos enormes vidrios. 

Mi casa es pequeña, tal vez un poco más grande que un asteroide. Desde la cama se puede controlar casi todo, con la excepción del pasillo que conduce al baño y a la puerta de salida. Hay formas geométricas por todas partes, que no molestan pero llaman la atención, como columnas y relieves, esquinas y huecos aleatorios. 

Hay una ventana más en la casa, pero es muy chiquita. Pienso que al arquitecto la habrá diseñado como una especie de aeroventila, porque a través de ella ingresa un viento reconfortante cuando hace calor o cuando se me quema algo que estoy cocinando. Tiene un cantero en el que comencé a darle forma a un compost, del que nacieron unos brotes que, según me dicen, podrían ser de zapallo o papa. 

Acá viven muchas plantas, a las que cuido con amor y paciencia. Es una hermosa familia de cactus y suculentas, porque no me siento preparada para adoptar algo que requiera más cuidados. 

Mi cama está llena de peluches de zorros, que cada noche tiro al piso y por la mañana vuelvo a acomodar entre las almohadas. 

La mesa tiene cuatro sillas y son de colores diferentes. Por lo general están colmadas de ropa.

Tengo un vecino que practica con su clarinete casi todos los días desde que empezó la pandemia. Probablemente desde antes, pero no se hizo el silencio necesario para que pudiera escucharlo sino hasta que el mundo quedó en pausa. Las primeras semanas practicaba una y otra vez el himno nacional y me hacía sentir dos cosas totalmente opuestas: me remitía a la época escolar y me despertaba un falso nacionalismo, totalmente impuesto por la estructura educativa, a la vez que me generaba mucho desprecio por la hipocresía de la sociedad en sí, que salía a las 9pm en punto a aplaudir al sistema de salud que enfrentaba al virus en los hospitales. 

Hay fotos pegadas por todas partes, es una clase muy particular de obsesión por viajar al pasado y traer al presente la felicidad inmortalizada en papel. A veces siento culpa de ciertas ausencias, otras veces quisiera arrancar algunos rostros para siempre. 

El portero es una persona extremadamente amable, aunque a veces debe sentirse un poco como el perro que aúlla, porque trata de conversar lo más que puede por los pasillos, hasta que su voz se pierde en el eco. 

Hay cientos de detalles más puntuales, pero esos son solo míos, con lo que acabo de regalarte alcanza para que me imagines viendo 43 atardeceres o busques en tus dedos la suavidad de mi acolchado nuevo, que compré en oferta la semana pasada. 

1 comentario:

  1. Creo que ya te lo dije, pero por las dudas lo repito: suelo robar frases que sé que hablan de mí; no importa quién la escribió porque mi narcisismo intelectual me dice que lo hicieron pensando en mí, aún cuando no me hayan conocido -certezas que uno tiene, ¿viste?-. Bueno, el caso es que te robo esta porque habla demasiado de mí: "Hay fotos pegadas por todas partes, es una clase muy particular de obsesión por viajar al pasado y traer al presente la felicidad inmortalizada en papel."

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