Dante
había estado contándome sobre la letra de una nueva canción en la que estaba
trabajando con su banda y yo lo escuchaba atentamente, mientras me aprendía sus
rasgos de memoria. Lo miraba continuamente mientras él pensaba, pero intentando
que no se diera cuenta. La forma en que su perfil se destacaba del fondo oscuro
del parque, las sombras bajo sus ojos por la luz que provenía del poste sobre
su cabeza, su mirada perdida al hurgar en sus recuerdos en un completo silencio
contemplativo. Su cabello negro que asomaba por debajo de la capucha de su
campera, la barba desprolija y los labios finos. Salí del ensueño y volví a
concentrarme en la conversación, porque él comenzó a cantar en voz baja y no
quería perdérmelo. Una de las cosas que más me gustaban de Dante era que se
sentía cómodo cantando en cualquier situación y lo hacía de improvisto. En eso
estaba cuando nos dimos cuenta de la hora y empezamos a caminar de regreso a
nuestras casas. Íbamos para el mismo lado, pero como nos habíamos encontrado a
la tarde, él había ido en bicicleta y yo tenía que tomarme el colectivo.
-
Podría alcanzarte
hasta algún lado con la bici –me sugirió.
Lo
debatimos durante algunos minutos hasta que me decidí: sabía que era una mala
idea, pero una de esas tan malas que se convierten en la mejor anécdota. Así
que le dije que sí.
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