-
¿Y vos por qué escribís? –me preguntó. La
pregunta era válida, pero la respuesta era extremadamente íntima para lo poco
que nos conocíamos. Así que en vez de contestar, le dije:
-
¿Y por qué escribís vos?
-
Yo escribo porque es la única forma de sacar mis
demonios. Porque pone a prueba mi ingenio y, te digo la verdad, porque me hace
sentir realmente vivo.
-
A ver, ¿cómo es eso?
-
Digamos que lo que me impulsa es el conflicto,
todo lo que guardo en mi corazón y todo lo que observo, lo que me conmueve o estremece
día a día. Pero, inversamente, cuando escribo el mundo desaparece y sólo
existimos el papel y yo. Los personajes se vuelven mi realidad.
-
A veces… –dije sin pensar, motivada por sus
palabras- Cuando tengo una idea, me persigue por días o semanas hasta que me
siento a escribir. El proceso creativo es difícil de explicar porque involucra
la imaginación, las manos, el cuerpo, la mente…
-
¡El alma!
-
Cuando creás, perdés algo que se queda en lo que
hiciste. Aunque en realidad no perdés, sino que invertís una parte tuya que en algún
momento va a impactar en otra persona, una y otra vez hasta que la reacción en
cadena te vuelva inmortal. Para mí la escritura es como una picazón. Te pica un
poquito, a veces, y te acostumbrás. Pero hay días en que no lo soportas y tenés
que lastimarte la piel, porque la raíz de la picazón está abajo, donde no se
ve. Y entonces sangras sobre un papel o un teclado y tu corazón se transforma
en palabras.
-
¿Sentís que escribir te hiere?
-
Por supuesto. Cada vez pierdo más de mí. Pero en
cada pérdida descubro otras cosas. El alma es infinita a la hora de escribir. Hay
mucho de mí que se glorifica cuando lo pierdo, pero en esa desintegración es
mucho más lo que gano.
No hay comentarios:
Publicar un comentario