I don't have the right name or the right looks, but I have twice the heart.

jueves, 27 de abril de 2017

Limón

Tenemos un código con mi compañera de trabajo mediante el cual comprendemos al instante que estamos en presencia de un cliente indeseado por algún motivo y se sobreentiende que la otra tiene que hacerse cargo de la mesa. Comenzó con personas que considerábamos desagradables debido a hechos pasados pero, con el correr de los días, empezamos a utilizar el código en momentos en que no tenemos ganas de atender a alguien por los motivos más diversos. Casi desde la apertura del bar hay dos hermanos que vienen seguido a almorzar, algunas veces en compañía de su padre. Siempre comen ensaladas o quichés y toman coca light o agua con gas. El padre toma sprite zero. Otro dato curioso es que a ninguno de los tres les gusta el tomate, entonces cuando piden ensaladas o algún menú del día nunca les falta decir: "Acordate de sacarle el tomate" y mi compañera o yo nos reímos, porque aunque nos acordamos de escribirlo en la comanda, de cocina los platos suelen salir con los tomates y nos damos cuenta cuando ya estamos llegando a la mesa, por lo cual tenemos que volver corriendo y pedir que se los saquen. Es casi una costumbre que las cosas se den de esta forma. Y más tarde, cuando "los amigos" (así los llamamos) se toman el café, nos comentan la situación y nos reímos. Los amigos nos caen bien, al menos ahora. Al principio nos resultaba molesto que vinieran tan seguido, pero finalmente les tomamos aprecio. No sé sus nombres, ni de dónde son, pero sé que no les gusta el tomate y eso constituye para mí una especie de cercanía. Aún así hay días en que los vemos entrar y mi compañera o yo nos apresuramos a gritar "¡LIMÓN!" para que la otra no tenga otra opción que acercarse a la mesa y tomarles el pedido que, por otra parte, siempre suele ser el mismo. Pero ahora las cosas cambiaron para siempre, porque nos comentó un vecino de la cuadra que el padre del trío se murió. No sé qué le pasó y, para ser francos, casi no importa. La cuestión es que ya no lo vamos a ver entrar por la puerta del bar, ya no se va a sentar con su cara de pocos amigos a comer un quiché sin ensalada o, por lo menos, sin tomate. Ya no se va a quejar de que la comida está fría ni vamos a verlo reírse con sus dos hijos mientras nos dicen que la bebida está caliente y si les podemos traer unos hielos. Me siento mal por ellos y no hay nada que pueda hacer. La próxima vez que vengan, porque eventualmente van a tener que retomar la rutina, ¿se supone que tengo que decirles algo? ¿Debería decirles cuánto lo siento? ¿Sirve de algo?

No hay comentarios:

Publicar un comentario