Desarrollé una afición por la jardinería estos últimos meses. Pasar tanto tiempo encerrada en el monoambiente me hizo mirar en dos sentidos: hacia dentro (mío) y hacia la ventana. Descubrí que me gusta mucho cuidar de mi jardín: compré plantines, tierra y le di vida y color al canterito. Hasta sembré pasto. Ahora veo cada día cómo algunas plantas sobreviven y otras no. Me maravillo cuando vuelvo de trabajar y miro las hojitas cerradas, protegiéndose de la noche. A veces pienso en el principito y su rosa. Busco la metáfora y es clarísima. Me debato entre fumigar o no, ¿quién soy yo para decidir sobre la vida y la muerte? Me cansé de escribir. No estoy bloqueada, es eso, lo entiendo mejor: estoy cansada. La pandemia alivió la presión que ejercía sobre mí la escritura. Mientras remuevo la tierra, mientras les canto a los cactus y los riego, tengo la mente en blanco. Pienso en nada. Por el mismo motivo me gusta J: no me exige una posición frente a todo. No me pregunta qué leí. No me juzga por tomar un café con leche de vez en cuando. Con él y con las plantas me siento relajada. No tengo que esforzarme por ser o por saber. Puedo bajar la guardia y descansar la cabeza. Al fin.

No hay comentarios:
Publicar un comentario