
Viste esa gente que te das cuenta en dónde trabaja por las manchas en su ropa o las marcas en sus manos. Esta chica en particular olía a café. Su andar desprendía ese aroma intenso. Y era embriagante. Tenía el pelo negro, un flequillo casi pegado a la frente, bien cortito. Lentes rojos, grandes. Un sutil piercing en la nariz. La ropa suelta, a tal punto que tardé en darme cuenta de que estaba embarazada. Se le cayó un vasito y cuando se agachó a buscarlo vi que la ropa se le pegaba a la panza y me pareció adorable. Cuando entró a la cocina a lavarse las manos, saludó a todos con una sonrisa y un movimiento de dedos. Y después, cuando me iba, se despidió de mí pronunciando mi nombre. Qué bonito dicho de sus labios.
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