Y todo comenzó con un whats app, como tantas otras historias de la última década. Ahogada en mi miseria, ni siquiera tuve el coraje de escribir algo más que su nombre. "Matías". Fue lo máximo que pude tipear y lo envié. No sé qué respuesta esperaba. Quizás simplemente me alivia saber que existe un Matías en el mundo que quiero y me quiere y está vivo. La desesperación suele llevarme a sacar conclusiones ilógicas. Fueron las horas más largas de mi vida. Si me hubiera respondido dentro de un rango de diez, quince minutos, probablemente le hubiera dicho que necesitaba verlo (cierto) y hablar con él (cierto) porque hay cosas que sé que sólo él podría comprender por completo (cierto). Todavía ni siquiera sabe todo lo que pasó, porque hace casi dos años que no hablamos. Sin embargo su respuesta llegó horas después, supongo que estaba trabajando, y le dije que lo peor de mi tormenta había pasado y que ya no necesitaba hablar con él (falso) ni verlo (falso). Insistió, de todas maneras, en que nos encontráramos. Pero le dije que no. No quiero retomar nuestra relación, como dije en otras ocasiones me basta con saber que está vivo y, tal vez, feliz. Y aún así necesito tanto ese abrazo que no llega.
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