Ahora que lo pienso, pasé demasiados años de mi vida sin haber probado. La mayoría de los pibes, hoy día, ya andan consumiendo antes de la pubertad. Habrá, me imagino, algún rezagado que arranque en su adolescencia, pero lo mío fue casi vergonzoso. Le tenía, no sé, miedo.
Incluso si todos a mi alrededor andaban metidos, a mí me causaba rechazo. Al final tuve que ceder y terminé como los demás: siendo, muchas veces, quien inicia la ronda.
Ahora comprendo mejor muchas cosas; por ejemplo, que es una cuestión social en muchos sentidos. Como es algo que por lo general se comparte con amigos o gente querida, colabora en eso de fortalecer los vínculos. Entre que va y viene no te das cuenta pero te ponés a charlar, te reís, conocés más al otro.
La primera vez que probé no me gustó, sobre todo eso de andar compartiendo la saliva. Tenés que sostenerlo con una mano y aspirar despacito, porque si te zarpás, al menos al principio, te puede quemar la garganta y no está bueno. Esa vez le di con todo y después no podía parar de toser, sentía que me ardía el tubo digestivo. Tiene lo suyo, viste.
Cuando te pasás de mambo te agarra un mareo de la puta madre y el estómago empieza a pedirte que comas algo. Igual con el tiempo te acostumbrás, te repito; entendés que es algo natural, que sale de una planta y que no te puede dañar más que el cigarrillo o el alcohol, aunque consumas una banda.
No me considero un experto, pero aprendí algunas cositas ya. Sé cuándo el producto es bueno, no sé, será una cuestión de textura, de saciedad, de placer. Por eso a veces soy yo el que trata de iniciar a otros, para enseñarles lo antes posible las maravillas que ofrece la vida. Entonces, con alguna galletita de por medio, pongo la pava y empiezo a preparar el mate con cuidado de que no se me hierva el agua. Ahí empieza el ritual y, luego, la magia.
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