-Esto así -le dijo después de sentarse frente a él en ese bar oscuro de mala muerte, a escasos minutos del amanecer-: acá ya están por cerrar y no quieren venderme nada. Necesito alcohol con urgencia, no sabés la noche que tuve. Si me das la birra, puedo concederte el deseo que quieras. Confiá en mí, pibe.
-¿Lo que quiera? -consultó el joven, posando la mirada en la espuma burbujeante.
-Guita, minas, renombre. Te doy una vida nueva a cambio de tu cerveza -casi le canturreó, ya saboreándola.
-¿Quién sos? -preguntó en voz alta lo que venía pensado hacía rato.
-¿Eso qué te importa? Para vos no cambia nada. Dale que se va a calentar y después te vas a arrepentir.
Al joven lo asaltaron millones de dudas y, sobre todo, tuvo miedo de estar entregando mucho más que una bebida. Miró alrededor pero a nadie le llamaba la atención su extraño interlocutor. La oferta era difícil de rechazar, podía ir al bar el resto de su vida. A ese o a cualquier otro cada vez que quisiera.
Levantó la mano, aferrándose al vaso largo y húmedo. Su acompañante se removió en su asiento, siseando la lengua de deseo.
En ese momento entró un hombre y saludó con un beso en la boca a la moza, que barría ya cansada de su largo turno. "Te espero afuera, mi amor", le dijo.
El joven sintió que se le rompía algo muy profundo dentro del cuerpo y abrió los ojos lo más que pudo por no llorar. A medio camino de cumplir cualquier deseo, hizo fondo blanco.
- No se te ocurrió pedirme que la piba te amara a vos.
- ¿Por qué le haría algo así? -se indignó el joven- Algunas cosas no se pueden forzar.
- Decímelo a mí -dijo entre susurros el extraño-, que traté de dejarte vivir unos días más. Levantate y vamos que ya amanece.
Entonces el joven le obedeció sin saber por qué, y mientras abandonaban juntos ese bar oscuro vio que la moza gritaba como una loca al descubrir un cuerpo desmayado sobre la mesa, aferrado todavía al vaso vacío de cerveza.

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