Todos los días para llegar a la parada del colectivo paso por la puerta del banco. Siempre hay filas larguísimas de gente y cuando las atravieso me imagino que están esperando para comprar mi libro, que ya sale, que ya casi abre la librería, y yo no importo porque lo que ellos quieren es mi literatura.
Entonces camino más despacio, saboreando el éxito, esperando que mis historias los completen de alguna forma, que se sientan felices o tristes con mis palabras, lo que sea que necesiten, y que no levanten jamás la mirada hacia mí.
Después veo que el colectivo ya dobla la esquina y le meto, porque lo llego a perder y el próximo pasa en quince minutos y no me da la imaginación para tanto, sobre todo con la cara de hastío de las personas que de a poquito me van revelando que jamás esperarían tanto por uno de mis libros.
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