I don't have the right name or the right looks, but I have twice the heart.

martes, 22 de agosto de 2017

Débora Soria



Supongo que si realmente hubiera querido ocultarme del mundo, me habría ido a sentar a un lugar más apartado, de esos que conozco bien. Ahí donde brilla el sol, el pasto es un poco puntiagudo, los perros van y vienen, a veces se acercan buscando comida o una caricia, y las personas duermen o conversan bajito. Si conocés mi universidad, sabés que hablo del anfiteatro: un espacio abierto, con árboles, allá lejos el escenario, las luces apagadas, los edificios como centinelas. Pero no. Fui a sentarme como indio, con las piernas cruzadas y el cuaderno sobre las rodillas, a escribir cuánto deseaba estar sola... justo al lado del camino que lleva al módulo principal, ahí por donde pasa casi todo el sector estudiantil. Ahora me doy cuenta de que probablemente estaba esperando cruzarme a alguien, fuera esa única amiga de verdad que me dio la universidad, o ese amante perdido que supo ser un gran amigo, el mejor quizás. En definitiva, no quería estar sola con el anfiteatro y su silencio. Y entonces apareció ella, Débora, que interrumpió mi escritura y me arrebató decenas de sonrisas hasta que cayó el sol. Débora es sincera, un poco mandona, responsable hasta el cansancio y detallista. También es atenta, fuerte, leal y reservada con su simpatía y demostraciones de afecto. Pocas veces nos manifestamos cariño, pero siempre nos elegimos. Eso vale más que cualquier palabra, lo digo yo que vivo a través de ellas. Con Débora las palabras sobran. Y, sin saberlo, con su presencia me salvó de un día que tenía todas las de ser un viaje al país de las lágrimas. Su amistad es como un pozo de agua en medio del desierto. 


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