A veces creo que mi amor por las fotos
proviene del miedo a la vejez y a la soledad. En las fotos soy siempre joven y
estoy llena de vitalidad. Porque en los malos momentos uno no prende la cámara.
También siento que quiero más a las personas de las imágenes (esto no es regla,
pero me pasa). A mi familia, por ejemplo, me gusta visitarla en álbumes o en mi
pared. Puede que en este caso tenga que ver con que es la única forma de que
guarden silencio. A esta altura creo que no los quiero escuchar más. Las fotos,
entonces, son para mí como mi familia. Mi círculo de confianza; donde soy feliz
y nada ni nadie puede quitármelo.
Cuando se murió Matías me desesperé por
recolectar todas las fotos en las que apareciera. Revisé archivos personales y
le pedí a cada miembro de la familia. Creo que conseguí la mayoría. Las mandé a
imprimir y armé un álbum que cada vez miro menos. Lo digo con culpa. De vez en
cuando pasa algo que me hace pensar en él con más intensidad (en mi mente está
siempre, todos los días) y sonrío o lloro; y evoco su recuerdo: las manos, los
piecitos, la rechonchez de los brazos o el cuello. Su tranquilidad al dormir.
La paz en su expresión cuando me despedí y ya no tenía todos esos cables
horribles y agujas por todos lados.
Pero cada vez me cuesta más recordarlo y
me encuentro pensando en esas fotos que reuní con desesperación. A veces las
miro y otras veces cierro los ojos y las imagino en su cajita, en el fondo del
placar. Matías se redujo a eso. ¿Cómo evitarlo? ¿Cómo mantenerlo cerca de otra
manera? A él y a todos los que perdimos porque se fueron o cambiaron demasiado.
Ese amigo que se casó, el que se fue a vivir lejos, el que se resignó, el que
se ató a cosas que ya no podés compartir. ¿Adónde dirigir todo el amor que te
queda si no es a su recuerdo? Prefiero confiarle semejante responsabilidad a
las fotos, porque mi mente es demasiado selectiva, terriblemente caprichosa y,
por lo general, me juega en contra.

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