I don't have the right name or the right looks, but I have twice the heart.

miércoles, 6 de febrero de 2019

Mosquitos en la noche


     Antes de apagar la luz me aseguré de enchufar el aparatito de la abuela. Le cambié la pastilla fuyí y esperé a que calentara un poco para pasarle el dedo por encima. Me gusta el calorcito con gusto a repelente. Cuando me metí entre las sábanas, el silencio era total. El vecino ya había apagado la música y la calle estaba cerrada por reformas, así que ni siquiera pasaban autos o colectivos.
     Estaba tan cansado que me dejé llevar por las sombras en las paredes y progresivamente fui cerrando los ojos por intervalos más largos, hasta quedarme dormido. Recién ahí el mosquito decidió aterrizarme en el tímpano. Se tiró en caída libre –lo escuché tomar carrera- y se enterró en la cera de mi oreja. Me pegué en la cara por puro instinto y me despabilé. Creo que ese mosquito habrá muerto adentro mío, porque estoy seguro de que jamás salió de mi cuerpo.
     Enseguida apareció otro a buscarlo o vengarlo, no me quedó claro, y le apuntó directo a mi nariz. Volví a pegarme con más fuerza que antes y solamente logré provocarme el estornudo. Salté de la cama y revisé el fuyí, pero estaba todo en orden. Igual lo cambié de enchufe y antes de volver a acostarme busqué al enemigo en las paredes y el techo. No hubo caso.
     Ni bien apagué la luz otra vez, el mosquito empezó a zumbar a mi alrededor. Casi podía comprender aquel lenguaje retorcido de los insectos. “Te voy a cagar la noche”, me estaba diciendo éste. Me tapé hasta la cabeza con la sábana y aguanté un rato, pero hacía mucho calor y además todavía podía escucharlo. Entonces se hizo el silencio y después una pequeña explosión y me destapé totalmente exaltado.
     El enchufe del aparato estaba haciendo chispazos y tuve que apagarlo. “Levántate, Señor y ayúdanos; y líbranos por tu nombre”, recé como hacía mi abuela cuando salía todo mal. Ella había sido muy creyente, pero yo solo seguí una costumbre.
     Unos minutos después de volver a acostarme, sin embargo, y con los nervios renovados, repetí la oración. “Levántate, Abuela y ayúdame; y líbrame por tu nombre”, dije. No sé cuánto tiempo pasó después. Creo que ya estaba por amanecer cuando escuché un golpe seco contra la pared, cerca de mi cama. Después dormí casi veinte horas seguidas.
     Al despertarme, vi una multitud de manchitas de sangre alrededor mío. Mosquitos aplastados, masacrados. Casi me puse a rezar otra vez, pero preferí llamar a la abuela y contarle. Igual no me creyó la vieja porfiada.




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