Antes de apagar la luz me aseguré de
enchufar el aparatito de la abuela. Le cambié la pastilla fuyí y esperé a que
calentara un poco para pasarle el dedo por encima. Me gusta el calorcito con
gusto a repelente. Cuando me metí entre las sábanas, el silencio era total. El
vecino ya había apagado la música y la calle estaba cerrada por reformas, así
que ni siquiera pasaban autos o colectivos.
Estaba tan cansado que me dejé llevar por
las sombras en las paredes y progresivamente fui cerrando los ojos por
intervalos más largos, hasta quedarme dormido. Recién ahí el mosquito decidió
aterrizarme en el tímpano. Se tiró en caída libre –lo escuché tomar carrera- y
se enterró en la cera de mi oreja. Me pegué en la cara por puro instinto y me
despabilé. Creo que ese mosquito habrá muerto adentro mío, porque estoy seguro
de que jamás salió de mi cuerpo.
Enseguida apareció otro a buscarlo o
vengarlo, no me quedó claro, y le apuntó directo a mi nariz. Volví a pegarme
con más fuerza que antes y solamente logré provocarme el estornudo. Salté de la
cama y revisé el fuyí, pero estaba todo en orden. Igual lo cambié de enchufe y
antes de volver a acostarme busqué al enemigo en las paredes y el techo. No
hubo caso.
Ni bien apagué la luz otra vez, el
mosquito empezó a zumbar a mi alrededor. Casi podía comprender aquel lenguaje
retorcido de los insectos. “Te voy a cagar la noche”, me estaba diciendo éste.
Me tapé hasta la cabeza con la sábana y aguanté un rato, pero hacía mucho calor
y además todavía podía escucharlo. Entonces se hizo el silencio y después una
pequeña explosión y me destapé totalmente exaltado.
El enchufe del aparato estaba haciendo
chispazos y tuve que apagarlo. “Levántate, Señor y ayúdanos; y líbranos por tu
nombre”, recé como hacía mi abuela cuando salía todo mal. Ella había sido muy
creyente, pero yo solo seguí una costumbre.
Unos minutos después de volver a
acostarme, sin embargo, y con los nervios renovados, repetí la oración.
“Levántate, Abuela y ayúdame; y líbrame por tu nombre”, dije. No sé cuánto
tiempo pasó después. Creo que ya estaba por amanecer cuando escuché un golpe
seco contra la pared, cerca de mi cama. Después dormí casi veinte horas
seguidas.
Al despertarme, vi una multitud de
manchitas de sangre alrededor mío. Mosquitos aplastados, masacrados. Casi me
puse a rezar otra vez, pero preferí llamar a la abuela y contarle. Igual no me
creyó la vieja porfiada.

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