Como le gustaba decirle a todo el mundo
que era escritor, siempre andaba con sus cuentos a mano, en caso de que tuviera
que alardear de improvisto. Llevaba una o dos copias en la mochila y carpetas
enteras en la memoria del celular. Si se cruzaba con alguien que cuestionaba su
talento, nada más tenía que encontrar la forma de dejar entrever la posibilidad
de que leyera sus textos, para que la evidencia hablara por sí sola. Entonces
su habilidad era indiscutible y toda duda se volvía ridícula.
Solamente se le complicaba cuando, en
algún taller o seminario, le pedían que escribiera algo en el momento, por
desafío o simple diversión. Con sus casi treinta años de oficio escribir tenía
que resultarle más fácil que respirar. “No me gusta el trazo de la birome”,
decía entonces entre risas; y sacaba de la billetera un haiku o un microcuento,
lo que encontrara, para calmar la ansiedad de los demás; o se ponía a criticar
a otro escritor o comparaba dos o tres novelas e las que había leído únicamente
reseñas.
Todos se ponían contentos y sonreían
satisfechos, sin saber que él había dejado de escribir hacía años. Que ya no
encontraba las palabras para decir nada valioso y que todo su arsenal eran
textos de la juventud, lejana y distante, a punto de perderse por el desgaste;
como todo lo demás en su atareada vida de escritor.

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