Arrastró los pies con desgano hasta el
dispenser para cargar el termo. Puso la mano debajo del chorro de agua para
estar seguro, pero la sacó antes de quemarse demasiado. El agua hervía. Cuando
ya se sentaba en el escritorio a leer el diario, sin embargo, los palitos de la
yerba empezaron a flotar en la sopa tibia que era su mate.
“Que lo parió”, dijo escupiendo.
Dejó de dar vueltas y se dignó a poner la
pava al fuego, costumbre casi olvidada. Evitaba llegar tan lejos porque siempre
se la olvidaba y más de una vez había encontrado la pava vacía, colmada de
vapor.
Se apoyó en la mesada y trató de
mantenerse alerta al silbido, que no llegaba nunca. Movió la perilla de la
hornalla al máximo y esperó.
Al cabo de unas horas, cuando comprendió
que aquel día no podría tomar mate, apagó la cocina, se sirvió un vaso de agua
y se fue a dormir pensando en las noticias del día anterior.

No hay comentarios:
Publicar un comentario