Hace
muchísimos años perdí un anillo que usaba en el dedo gordo de la mano derecha.
Insólitamente, no puedo recordar de dónde lo había sacado. Me gustaba jugar
obsesivamente a ponerlo, moverlo, sacarlo de lugar. Lo impulsaba con el dedo
medio y el índice hacia arriba y hacia abajo, hasta que me dolía el pulgar. Era
un tic inconsciente pero necesario. Ya no recuerdo tampoco cómo o por dónde lo
perdí; pero a veces todavía me encuentro con que mis dedos lo buscan… Se
remueven incómodos por aquel amor perdido. Desde entonces los pulgares se
convirtieron en tierra desierta para el mundo de los anillos. Hay cosas que son
irremplazables.

No hay comentarios:
Publicar un comentario