Iba caminando por el corredor aeróbico, tratando de hacer ejercicio, y fijé mi meta en pasar a una mujer en particular que iba delante mío. Tenía la cintura y la cola más grandes que yo, así que haciendo uso de mi soberbia y el poco amor propio que verdaderamente siento me dije a mí misma que podría lograrlo. Después de todo no podía ser que caminara más rápido que yo teniendo más kilos encima. Pero los metros siguieron avanzando y no pude pasarla. Ella era mejor que yo, no había discusión ni balanza que pudiera darme la razón. Entonces se detuvo y se quedó mirando una imagen de la virgen que se encuentra en medio del corredor, protegida por unas rejas y rodeada de flores de plástico. La mujer se acercó y le acarició la mano a la estatua, ya algo despintada por lo corrosivo del clima a la intemperie. Seguramente le pedía o le agradecía algo. Y mientras ella seguía adelante con su plegaria silenciosa, al fin la pasé. No me sentí particularmente orgullosa, después de todo ella misma me dio la ventaja. Ella y su fe. Seguí caminando hundida en mis pensamientos, cuando me di cuenta de que ahora ella caminaba detrás de mí, pensando que mi cintura y mi cola debían ser más grandes y queriéndome pasar, o prestándole más bien una atención eventual a mi cuerpo. Nunca lo sabré. Éramos dos mujeres tratando de sobrevivir, nada más que eso. Es sólo que no quisiera ser el tipo de persona que compara su cuerpo con el de otra o se siente superior o mejor consigo misma por descreer en las imágenes de vírgenes o santos. Pero lo soy. Y me pesa cada día.
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