Era otra de esas noches en que pensaba y sacaba conclusiones y tomaba decisiones con el coraje que no tenía de día. Siempre que estaba con Simón me dejaba envolver por el manto de magia que nos había unido alguna vez. Sonreía porque sí, me mordía el labio, me sentía feliz. Y si lo conocía, y creía que sí, a él le pasaba lo mismo. Le brillaban los ojos y apoyaba mi cabeza en su hombro mientras absorbía el olor de mi pelo con cautela, para que yo no lo alejara riéndome. Sentía tantas cosas por él. Pero no habían sido suficientes en su momento ni lo eran ahora. Pensaba en lo que tenía y no quería perder y no se comparaba con lo que deseaba. Entonces me preguntaba, ¿por qué si no era amor me arriesgaba a perderlo todo por él? ¿Por qué si no era amor me complicaba la vida por obtener las sobras de un Simón que alguna vez se había entregado completamente a mis disposiciones? Lo había querido, lo había tenido, lo había dejado. Y después nos habíamos reencontrado como amigos. ¿No sería ese el summun del engaño? ¿Disfrazar de amistad un amor retorcido? Y sin embargo jugábamos con fuego, porque aunque no habíamos hecho nada, sabía perfectamente cómo me miraba y, lo peor de todo, sabía cómo lo miraba yo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario